martes, 28 de agosto de 2018

Epílogo




A veces lo único que hay que hacer es dejarse llevar por las olas.
Solo ama y vive.
El océano me había enseñado a ser libre.
La tierra eran ataduras.
-¿Cómo te sientes?- oí su voz a mi oído. Gruesa, profunda, y muy suave.
Sus brazos alrededor de mí, era como si nada malo pudiera pasarme mientras estábamos así.
-Gabriel ¿Por qué me preguntas tanto eso?-
De repente parecía callado, pero yo lo animaba con otro suave beso en sus labios.
No hablábamos con palabras, lo que habíamos vivido en las últimas noches. Él nunca hablaba de eso con palabras.
Eso solo se vivía, y sé que él estuvo esperando por mí por diez años, y yo esperando por él toda mi vida.

Eso solo se vivía, y sé que él estuvo esperando por mí por diez años, y yo esperando por él toda mi vida     
Sabía que abrirse tanto no era cosa que se le daba con facilidad. Gabriel era de pocas palabras, y más en momentos vulnerables.
Pero ahí sobre su pecho colgaba siempre la medalla que le había regalado, y que atesoraba como miles de botines juntos.
Él estaba aprendiendo otra vez a no temer a abrirse y a demostrar sus sentimientos.
A no temer ni desconfiar que todo en el estaba contra él.
Entonces ahí estaba esa discreta sonrisa, ese efecto que causaba mi beso sobre sus labios...
-Por que hay veces en que todavía no sé cómo pudiste ver más de lo que yo podía verme a mí mismo. Siendo yo esto... Y me da miedo que un día recapacites... Temo tanto perderte, que yo no sepa tratar este regalo divino que eres...-
Mis labios silenciaron los suyos, que albergaban aún angustia.
-Yo no tengo nada que recapacitar. Estuve toda mi vida esperando por ti. Y le doy gracias a Dios todos los días por ti, porque llegaste tú, un temido pirata, y me hizo conocer el amor. En esa playa yo te vi, desde antes de darme cuenta que lo hacía. Por eso te amo. Y porque tú me veías a mí-
-Eres asombrosa, Perla...bueno señora Della Rovere- dice con gracia y lo que eso significaba nos hacía estremecer a los dos.
-Ya eso está más que consumado-  dije atrevidamente y lo hice reír:
-Explícame eso, no sé de que hablas-
Seguíamos así, él apretado contra mi espalda, me rodeaban sus brazos y teníamos delante de nosotros el azul del océano, esparciendo su magia, y tan inmenso que cualquier problema humano solo era un pequeño grano de arena en un desierto.
Y nada nos saciaba.
-¡Ja! ¡No sabes! ¿No? ¿Qué no te preocupas sino de confirmar y confirmar y confirmar y confirmar?-
-Por el amor de Diosito, mujer- bromeaba entre risas.
-Lo siento- mentía- Culpo al mar por causar estos efectos-
-¿Qué efectos?- alzó las cejas con una mirada perversa, traviesamente perversa.
-Malvado, tú lo sabes muy bien. No me harás decirlo con palabras- me sonrojé como una niña.
Y conocía lo mucho que le gustaba hacerme sonrojar así.
Otro beso, para darle su merecido.
-Nunca imaginé que encontraría algo así en un forajido- me gustaba llamarlo así. "Mi forajido" Era tan cursi todo, que nos causaba gracia. Pero él siempre decía, que un demonio nos protegía y que podíamos ser todo lo cursi que se nos diera la gana -Pero Dios nos presenta las cosas de las maneras más inesperadas-
Sí, habían demasiadas cosas merodeando por cada rincón del galeón. Todavía temía encontrarme con alguna sombra, en algún momento, en alguna noche.
Yo sé que el pasado de Gabriel no se borraría. Pero había un futuro limpio y nuevo, y solo eso importaba.
Porque cuando se tiene a alguien al lado, cuando se son dos, juntos el uno para el otro, ni el diablo asustaba tanto.
Era el poder del amor que casi nadie puede ver porque no todos llegaban a vivirlo.
Y eso valía tanto la pena como para abandonarlo todo en un puerto.
-Yo nunca olvidaré, Marianne, todo lo que haces por mí. Te di mi palabra y eso está atado a mi vida. Ya no hay nada que este barco haga que no sea de tu agrado. Tú nos guías. Ya no hay Montenegro, ya no hay venganza negra-
Sabía que era un hombre de palabras.
Ocultaba mis lágrimas porque Gabriel no las soportaba, no soportaba ninguna señal que le hiciera temer que me había hecho daño. Aunque fueran lágrimas de emoción y no de dolor.
-Lo sé, mi amor. Y yo estoy contigo ahora, estoy de tu lado, para apoyarte-
Tampoco había desaparecido Montenegro. Ese hombre era otra sombra sobre nosotros.
Pero no era de importancia ahora. Todo era como recuerdos que flotaban, intangibles y etéreos.
En el mar, la realidad solo era lo que se construía en un barco. Eso había aprendido en mis ochos meses de cautiverio.
No existía un más allá.
Aquello era lo que hacía la vida del pirata algo tan codiciado.

Aquello era lo que hacía la vida del pirata algo tan codiciado     
    

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