martes, 28 de agosto de 2018

Capítulo XLII - La medalla



Y ella se marchó, desapareciendo en la noche antes de que él reaccionara.

-Señor-
Se percató que tanto Morgan como Rodrigo de las Casas esperaban expectantes.
-Señor ¿Dejará que se vaya sola?- repetía Morgan, porque él no contestaba.
Al fin Gabriel salía de esa ensoñación en la que estaba sumido...
-No, claro que no. Vayan los dos, ahora. No la pierdan de vista hasta que esté bien segura-
Fue lo que dijo y se retiró sin decir más, rumbo a la posada.
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A esas horas de la noche, con tan poco tiempo para la medianoche, el posadero, que dormitaba sobre su mullido sillón, da un sobresalto cuando aquel hombre entra como un ventarrón, con esas pesadas botas sonado sobre la piedra.
Aquel extranjero lo asustaba. El posadero sabía que el océano había traído a un demonio de sus profundidades.
Vio entrar al hombre de negro solo, y no quitaba sus ojos de aquella enorme espada que portaba, tal vez con sentimientos de codicia y miedo a la vez, y se preguntó en dónde estarían sus compañeros.
O sus "esbirros", como los llamaba. Porque lo vigilaban todo el tiempo.
El posadero sabía que su huésped misterioso era un criminal, y en cualquier momento alertaría a la guardia sobre su presencia.
Por ahora, solo tomaba su crucifijo y se santiguaba.
Esperaba no escuchar ruidos ni ver sombras esa noche. Porque desde que el misterioso marino italiano había llegado a su posada, cosas extrañas sucedían allí casi todas las noches.
 Porque desde que el misterioso marino italiano había llegado a su posada, cosas extrañas sucedían allí casi todas las noches
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Cerró la puerta con violencia.
Aquella habitación tan fría y oscura.
Estaba molesto y no sabía por qué, sus labios ardían.
Su cuerpo también.
"Pecado, pecado" gritaban voces ancestrales, de sus muchos recuerdos.
Recordaba a su imán castigando a amigos porque pecaban. Él era muy pequeño en aquel entonces. Tenía un imán que iba a la casa a enseñar la palabra de Alá.
Toda su vida había estado confundido. No podía simplemente ignorar y creer que no existía ni religión ni cultura influyendo sobre el.
Su ley era únicamente el código pirata.
Pero eso era una gran mentira.
Había una silla junto a un escritorio, y un catre en aquella habitación. Se sentó otra vez a leer la carta de Marianne, junto a una vela consumida.
Entonces escucha un sonido, y el cuarto se enfría inexplicablemente.
El hombre levanta la mirada, y saca de un bolsillo la medalla que le había regalado ella... Era muy hermosa, observaba, no era un metal de valor, pero el trabajo y el ornamento valían mucho.
El Capitán pensó, que todo era un mismo Dios, el cristiano, el musulmán, el judío. Todo era un mismo Dios y diferentes formas de alabarlo.
-Aquí estoy ¿Qué esperas?-
Esperaba con sangre fría, la aparición del demonio, para burlarse de él, por ser un cobarde y dejarse dominar por una mujercita.
Daba vueltas a la medalla entre sus dedos. Pensando en la compasión que le demostraba Marianne, en que había alguien que se preocupaba por él.
Eso le daba fuerzas, no era un hombre vulnerable como la otra noche en el callejón.
Esperaba encontrarse con su enemigo con una sonrisa en la cara.
Esperó y esperó mientras que un viento helado sacudía las hojas sobre el escritorio, y apagaba la vela.
Pero nada ocurrió, nada apareció. Y el viento amaina, regresando el calor costeño a la habitación.
El Capitán ni se perturbó. En cambio, toma una hoja y pluma otra vez, para escribir otra carta que deberían llevar al convento a primera hora de la mañana.
El amor verdadero era algo por lo que valía la pena luchar, y podía atravesar cualquier barrera que creara la humanidad.
Creía que ese pensamiento era algo de jóvenes soñadores nada más. Y que nunca más sería tan sentimental.
Pero ahí lo estaba viviendo, a sus cuarenta y un años. Cuando muchos ya daban a la vida amorosa como terminada.
Y eso era gracias a Perla, que también lo estaba viviendo.
La medalla que tenía en su mano le había dado valor, ahora no lo dudaba.
"Escoge... o es Montenegro o soy yo"
Y no había ninguna influencia que torciera sus verdaderos pensamientos.
Tomó la pluma y escribió.
Tomó la pluma y escribió

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