Decían que la vida era todo eso que transcurría a nuestro alrededor, y que Dios nos hablaba por medio de ese rutinario trajinar.
Pero a mi alrededor había solo penitencia.
Claustro y meditación. En la más absoluta soledad.
Sin embargo yo veía a Jesús y sabía que al menos Él comprendía que había alguien que necesitaba de mi ayuda.
"Ojalá no fueras tan distante, pero igual dejo mi vida en tus manos, porque ni yo ni nadie más puede. No soy sino una pobre alma a la deriva"
Y lloraba confundida, como si mi penitencia no fuera a terminar jamás.
Yo sabía que Él tenía algo destinado para mí, que mi vida no podía seguir siendo un camino equivocado en un lugar equivocado. Espera respuestas, señales. Pero no las obtenía.
Hasta que una mañana veo llegar a Sor Josefina, y las noticias tristes la acompañaban como un manto gris cubriendo su usual entusiasmo.
No sé por qué me afectaba tanto la muerte de Sor Carolina, no es que la conociera mucho. Pero recordaba su gentil sonrisa y su paciencia para con novicias indecisas como yo.
Aquel suceso había interrumpido mi penitencia, y me había sacado de los días de claustro que siguieron a la vista del Capitán.
---*---*---*---
No era una mujer tan mayor, así que mi interrogante era ¿Qué habría pasado con Sor Carolina?
Había fallecido de soledad y tristeza.
Y como si fuera parte de mi penitencia, aquello me afectó profundamente.
A la final, Sor Carolina solo era otra Carmelita que desaparecía sin que a nadie le importara.
Ahora está con Dios, no hay tristeza en la muerte.
Pero yo ya no podía verlo así.
Y ocultaba mis emociones bajo un hábito que no merecía.
Lo que pasaba conmigo era que veía mi destino en aquel féretro: no era una monja fallecida, veía a una mujer abandonada y muerta en soledad.
Tal vez era mi forma de verlo nada más, lejos de la realidad.
Entonces, ahí estaba un estremecimiento que no podía disimular, y la tarde en el cementerio: me resultaban insoportables.
Otra vez los rezos y los cantos, tal como con mis padres.
La muerte era demasiado, llegaba y me sacudía para tomar caminos totalmente distintos cada vez.
Pero yo no le importaba a nadie, y terminaría exactamente igual.
Se juzgaba a los piratas por su destino, cuando en realidad todos íbamos a morir, y pecadores o no pecadores sufríamos igual.
Y la muerte, fuera cual fuera, nos alcanzaría, de una manera u otra, justa o injustamente.
Ante eso , una fuerza extraña se apoderaba de mí y me hacía retroceder, alejándome de las hermanas, por entre tumbas viejas y ruinosas (y apenas una distinción separaba a los religiosos de los otros cuerpos) y salí apresurada antes de que alguien me detuviera.
-¿Marianne??- escuché vagamente a Josefina.
"¿A dónde vas?"
Pues me dirigía sin saberlo hacia una tarde cálida y gris, y me aventuraba sin rumbo, caminando o huyendo.
Huía, porque era presa del pánico.
Y una mujer cubierta que salía del cementerio, a poco tiempo del atardecer. No era algo que pasara desapercibido:
-Oiga, monjita- entonces escuché a un hombre llamarme, y yo buscaba identificar el lugar a donde había llegado, pero no tuve tiempo -Monjita-
Y al instante noté algo que no me gustó, mis instintos me alertaban. Así que apresuré mi paso... porque una cosa era salir todas en grupo, y otra muy diferente era hacerlo sola, a esas horas, y en un estado vulnerable.
La gente se aprovechaba.
-Monjita- ahora era un grupo. Varias voces masculinas y desagradables, y eran acompañadas por ladridos de perros, o eso me parecía.
Mi corazón que era un caballo salvaje, no paraba de golpear mi pecho, y si bien me apresuraba a dejar atrás a unos, a otros los encontraba por delante, y no tuve que caminar mucho para toparme con otro que venía de frente:
-Señorita Perla- me llamó.
Dejé de mirar a mis perseguidores, girando enseguida hacia el frente, porque conocía aquella voz.
-Señorita Perla ¿Es usted?-
Observé aquel hombre que estaba parado frente a mí, y con el cual casi tropiezo, y no lo reconocí.
Era mayor, con un cabello grisáseo recogido bajo un sombrero...
-¿Morgan?- fue lo primero que se me ocurrió.
-Sí, soy yo, señorita. No tema-
Los hombres que me perseguían, se desviaron del camino, riéndose. Y así no los volví a ver.
-¿Qué pasa? ¿A caso la molestaban?- el pirata se percataba de mi agitación.
Ya no me preocupaban los hombres, solo veía a Morgan con su apariencia de ciudadano, y me di cuenta que estaba parado frente a la posada, y todo lo que pensé fue que Gabriel estaba alojándose allí.
-Emm, no, creo que no. No te preocupes... Y, bueno- con mucha dificultad no hallaba cómo preguntarle lo que hacía allí -No quiero ser imprudente, ni entrometerme en nada-
-No lo hace. Tal vez no sepa que fui yo quien llevó al Capitán a verla, el otro día. Pero ¿No le molestaría? Si no es mucho atrevimiento, alejarnos un poco. Caminar, ya sabe- obviamente que nuestro encuentro era algo indebido, y que levantábamos sospechas.
-Si, vamos- solté sin disimular mi interés. La presencia de Morgan era como un respiro que lograba atravesar el nudo que me estaba ahogando durante todo el día.
Estaba segura de que me daría alguna noticia de Gabriel. O de las cartas que ofreció escribirme.
Caminaríamos un rato nada más, porque no podía darme el lujo de que me vieran hablando con aquel hombre. Y además debía regresar para la misa de la tarde.
Mi promesa de no causar problemas a la Madre Superiora se me estaba haciendo muy difícil de cumplir.
-En serio que se ve usted diferente- le comentaba con cierta gracia. Y de repente me imaginé el pasado de aquel hombre, y me preguntaba cómo había terminado en Margarita uniéndose a la tripulación del Capitán.
No era ningún misterio insondable, debió venir de Europa, de Holanda, como parte de la tripulación del barco que compró el Capitán.
Me preguntaba también cuál sería el nombre de aquel barco, antes de que el Capitán lo rebautizara como el Venganza Negra.
De seguro algún nombre en Holandés.
-Jejejeje, vaya, vaya, y yo que pensaba que jamás me vería como una persona normal, si me entiende usted- el hombre rió.
-Ya ves que es posible. Pueden muy bien volver a ser lo que fueron una vez- me aventuré a decirle - Es posible, Morgan, creo que han pasado unos días bastante normales por aquí, a pesar de todo ¿No cree?-
Morgan me miraba con gracia.
-No lo sé, señorita. No es que sea asunto mío, si me permite decirlo-
-No seamos tan formales-
Proseguimos como si nos interesara llegar hasta el mercado, que a esa hora ya no estaba, pero Morgan buscaba más soledad, para poder decirme algo y para poder yo saber del Capitán.
-Bueno. Y eso que casi que no lo hacemos, me explico, se supone que estaríamos en Europa, visitando a la madre del Capitán-
-¿Su madre vive?- solté sorprendida.
-Sí, a la buena de Dios. Pero yo le digo algo... Yo no podía dejar que el Capitán se alejara- se atrevía a contarme.
¿Qué me quería decir?
-Si me permite decirle- pero Morgan no se callaba -A veces uno tiene que intervenir, y hacer que la gente reaccione, si puedo decirlo- y hablaba con ese tono de tener que pedir permiso siempre y para todo. Eso me hacía mucha gracia.
No comprendía del todo sus palabras. Que tenía que intervenir, pero ¿Cómo?
-Bien, es que tengo algo para usted- finalmente nos detenemos y el pirata va al grano con cierto apremio -Precisamente iba para su convento, para entregarle a usted lo que mi Capitán le envía-
Y el pirata sacaba algo de su chaquetón gris: una carta.
Todo se alineaba de una manera asombrosa. Había un camino que se abría frente a mí, con cada acción y cada suceso.
Tomé esa carta, siendo completamente confidente.
-¿Está él bien?- no pude contener mi pregunta.
-Si se puede decir- era lo que respondía -- y se acomodaba el sombrero con nerviosismo.
Pero debíamos concluir.
-Gracias, Morgan- fue lo que le dije -Eres un buen amigo-
No hay comentarios.:
Publicar un comentario