La Madre Superiora parecía decepcionada, así que solo parpadea cansadamente y comenta:
-Amar no es un pecado. Pero no creo que su religión sea lo peor, Marianne- con un dejo de actitud de estar esperando algo más que yo jamás le contaría.
Esa actitud de estar esperando que fuera más sincera.
Pero mis respuestas eran el silencio, y la tristeza en mis ojos, la certificación.
-Pero ese amor está ya lejos y nunca más lo volverás a ver, por la Gracia de Dios- añadía al fin.
Y yo aceptaba aquello con resignación.
-Y no te sientas mal, hija mía. ¿Crees que no he visto ya esto muchas veces?-
Solo intentaba ser fuerte. Jamás me imaginé en una situación semejante. A mi edad ya daba por hecho de que jamás me enamoraría.
No aceptaba que a esas alturas de mi vida, estaba tal cual como una tonta adolescente enamorada de quien no debía.
Y no hacía falta decirle a la Madre quién era, al menos un vulgar pirata era más que obvio.
Pero jamás podría decirle quién era porque ni yo sabía su nombre.
Pero jamás podría decirle quién era porque ni yo sabía su nombre.
-Muchas aquí están pasando por lo mismo, luchando contra sentimientos pecaminosos o indebidos. Reflexiona, Marianne, para eso tienes a Nuestro Señor de tu lado, para darte fuerzas... Ahora...-
Sin embargo la Madre Superiora no parecía estar allí exactamente para oír una confesión, para hacerme reflexionar o hablar acerca de Dios. Su rostro era el de una mujer que debía lidiar con los problemas del mundo.
-Hija mía, escucha. Yo en verdad he venido a decirte algo muy importante: Nosotras no le hemos dicho nada a nadie. No muchos supieron que desapareció una de nuestras Carmelitas, y mucho menos saben que apareciste y que, bueno, fuiste secuestraba por ese barco. Nadie debe saber eso-
Asentía aun con más dolor en mi alma.
-Es muy peligroso para ti, y para nuestro convento si se enteran que tú estuviste en ese barco y que conociste a ese infame forajido-
-Yo en realidad no lo conocí- mentí. Aunque sabía bastante sobre él, el no conocer su verdadera identidad era no conocerlo- No conocí la identidad de esos hombres, Madre, solo conocí que no son tan terribles como dicen las leyendas. Y yo soy la prueba de eso ¿No ven que me devolvieron a casa ilesa?-
Y dije aquello con algo de rabia.
-No sé qué propósitos esconden entonces esos hechos, pero, ese cuaderno, hija mía- la Madre había notado que traía un cuaderno en mi bolsa. Sin embargo no se dio cuenta de la carta.
-Es un diario mío, que llevé para ayudarme a soportar el cautiverio-
-Si la guardia llegara a interesarse en nuestro convento, si llegaran a saber que tienes datos de esos forajidos. Las religiosas no podremos hacer nada por ti. Solo espero que no haya nada escrito-
Me asusté terriblemente, yo muchas veces estuve del lado de las religiosas que no podían hacer nada. Siempre viendo, siendo testigos mudos que no podían hacer nada.
Y además recordaba las amenazas de los piratas en la playa, las amenazas contra el gobierno de San Isidro.
Yo no estaba devastada por el hecho de que nunca lo volvería a ver. Sabía que el Capitán tenía asuntos pendientes aquí, y con Montenegro.
Presentía que él no estaba lejos.
Pero no podía decir absolutamente nada.
Pero no podía decir absolutamente nada.
-Necesitas meditar mucho- me susurraba la Madre Superiora.
Meditar ahora significaba otra cosa para mí, significaba descifrar si el Capitán seguiría con su venganza y cumpliría con sus amenazas, o si en verdad me había escuchado y buscaba la salvación abandonando todos sus sanguinarios propósitos.
-Por que veo que ahora no sabes cuál es tu lugar- entonces concluye y decide retirarse en silencio -Y nunca te has decidido a tomar los votos. Ahora más que nunca, creo que debes meditar mucho sobre los votos, y debes decidir-
Es verdad, los votos.
La escuché y esperé que se marchara, para que así yo pudiera abrir aquella carta.
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