martes, 7 de agosto de 2018

Capítulo XXIII - Cuál es tu lugar

La Madre Superiora parecía decepcionada, así que solo parpadea cansadamente y comenta:
-Amar no es un pecado. Pero no creo que su religión sea lo peor, Marianne- con un dejo de actitud de estar esperando algo más que yo jamás le contaría.
Esa actitud de estar esperando que fuera más sincera.
Pero mis respuestas eran el silencio, y la tristeza en mis ojos, la certificación.
-Pero ese amor está ya lejos y nunca más lo volverás a ver, por la Gracia de Dios- añadía al fin.
Y yo aceptaba aquello con resignación.
-Y no te sientas mal, hija mía. ¿Crees que no he visto ya esto muchas veces?-
Solo intentaba ser fuerte. Jamás me imaginé en una situación semejante. A mi edad ya daba por hecho de que jamás me enamoraría.
No aceptaba que a esas alturas de mi vida, estaba tal cual como una tonta adolescente enamorada de quien no debía.
Y no hacía falta decirle a la Madre quién era, al menos un vulgar pirata era más que obvio.
Pero jamás podría decirle quién era porque ni yo sabía su nombre.
-Muchas aquí están pasando por lo mismo, luchando contra sentimientos pecaminosos o indebidos. Reflexiona, Marianne, para eso tienes a Nuestro Señor de tu lado, para darte fuerzas... Ahora...-
Sin embargo la Madre Superiora no parecía estar allí exactamente para oír una confesión, para hacerme reflexionar o hablar acerca de Dios. Su rostro era el de una mujer que debía lidiar con los problemas del mundo.
-Hija mía, escucha. Yo en verdad he venido a decirte algo muy importante: Nosotras no le hemos dicho nada a nadie. No muchos supieron que desapareció una de nuestras Carmelitas, y mucho menos saben que apareciste y que, bueno, fuiste secuestraba por ese barco. Nadie debe saber eso-
Asentía aun con más dolor en mi alma.
-Es muy peligroso para ti, y para nuestro convento si se enteran que tú estuviste en ese barco y que conociste a ese infame forajido-
-Yo en realidad no lo conocí- mentí. Aunque sabía bastante sobre él, el no conocer su verdadera identidad era no conocerlo- No conocí la identidad de esos hombres, Madre, solo conocí que no son tan terribles como dicen las leyendas. Y yo soy la prueba de eso ¿No ven que me devolvieron a casa ilesa?-
Y dije aquello con algo de rabia.
-No sé qué propósitos esconden entonces esos hechos, pero, ese cuaderno, hija mía- la Madre había notado que traía un cuaderno en mi bolsa. Sin embargo no se dio cuenta de la carta.
-Es un diario mío, que llevé para ayudarme a soportar el cautiverio-
-Si la guardia llegara a interesarse en nuestro convento, si llegaran a saber que tienes datos de esos forajidos. Las religiosas no podremos hacer nada por ti. Solo espero que no haya nada escrito-
Me asusté terriblemente, yo muchas veces estuve del lado de las religiosas que no podían hacer nada. Siempre viendo, siendo testigos mudos que no podían hacer nada.
Y además recordaba las amenazas de los piratas en la playa, las amenazas contra el gobierno de San Isidro.
Yo no estaba devastada por el hecho de que nunca lo volvería a ver. Sabía que el Capitán tenía asuntos pendientes aquí, y con Montenegro.
Presentía que él no estaba lejos.
Pero no podía decir absolutamente nada.
-Necesitas meditar mucho- me susurraba la Madre Superiora.
Meditar ahora significaba otra cosa para mí, significaba descifrar si el Capitán seguiría con su venganza y cumpliría con sus amenazas, o si en verdad me había escuchado y buscaba la salvación abandonando todos sus sanguinarios propósitos.
-Por que veo que ahora no sabes cuál es tu lugar- entonces concluye y decide retirarse en silencio -Y nunca te has decidido a tomar los votos. Ahora más que nunca, creo que debes meditar mucho sobre los votos, y debes decidir-
Es verdad, los votos.
La escuché y esperé que se marchara, para que así yo pudiera abrir aquella carta.

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