Las botas sobre las piedras secas, apenas se ensuciaban de polvo, pues el hombre estático no denotaba ninguna señal de nerviosismo.
El reloj que llevaba en su bolsillo marcaban las ocho.
-Es tarde, es arriesgado- el hombre le comentaba a las sombras que permanecían más atrás, a entradas de la posada. Nadie le respondía -Rodolfo, ve a ver- con un gesto le indica al otro hombre que se adelantara y viera más adelante.
Que escoltara la llegada de Marianne.
Jamás había estado tan inquieto en su interior, pero su rostro era de piedra. No había recibido una respuesta en la carta a su inquietud.
En cambio ella quería verlo personalmente.
-Bien, así sea- dijo para sí mismo.
No era lo que deseaba, era como si estuviera en sus andadas turbias en vez de estar esperando por el encuentro con una mujer... pero se preguntaba con curiosidad qué se traía entre manos la monjita, y ante eso sonreía.
Al poco rato al fin tuvo noticias.
Rodolfo venía acompañado por la calle bajo las farolas. Pero a diferencia de sus muchas andadas turbias del pasado, el corazón del Capitán latía impetuosamente por una razón muy distinta.
Pero su rostro había aprendido a ocultarlo todo.
El recién llegado se detiene, y los piratas identifican que llevaba puesta la ropa con que la habían dejado de vuelta en la playa.
---*---*---*---
-Hola-
Qué tonta manera de comenzar mi arriesgado encuentro. No era lo que había planeado.
Él inclina su sombrero, demostrando que sí sabía saludar.
Me preguntaba si sus hombres seguirían allí, pues me daban muchísima inseguridad. Era, literalmente, un corderito en medio de una manada de lobos.
Y así me di cuenta de que era mucho más fácil ser temeraria cuando se estaba en situaciones extremas, que ahora que no era ninguna prisionera en su barco. Aunque estaba bastante molesta de que siempre me considerara de su propiedad.
-Muy bien- entonces Gabriel tenía esa sonrisita.
Mi respuesta fue una mirada severa.
-Bueno ¿Qué propones?- agregaba ante mi escueta presentación.
Al ver mi incomodidad, le hace señas a sus hombres para que se retiraran. Pero no tenía intensiones de hacer que se fueran.
-Bueno- hablé entonces, retomando decisión y determinación -¿Por qué no vamos a la taberna?- se me ocurrió, y apuesto a que no se lo esperaba - Es a donde van siempre los piratas ¿No?-
El Capitán soltó una risa. Parecía que le divertía mucho esa noche.
-No es un lugar apropiado para usted- dijo.
-Soy un pirata ahora. Y las tabernas son lugares para hablar ¿No? Y ustedes van todo el tiempo, y hay muchas mujeres allá, ¿por qué no podría ir yo entonces?- me molesté.
Ya vemos que todo empezaba todo con un reto. Nada inusual entre nosotros.
-¿A caso podría pasarme algo malo?- insistía.
El Capitán sonrió:
-¿Conmigo a su lado, cree que podría pasarle algo?-
Me sonrojé muchísimo, y al fin no pude disimular una sonrisa.
---*---*---*---
No hacía tanto calor, y la soledad era la misma de todas las noches. El Capitán y yo comenzamos a caminar bajo las farolas (y atrás venían De las Casas y Morgan) y él como siempre mantenía sus manos cruzadas por la espalda, a una distancia prudente de mí.
-¿Qué tal? ¿Parezco un pirata en verdad?- comentaba intentando sacar una conversación normal. Aunque mi torpeza se notaba a leguas.
-La verdad es que su hábito oculta mejor sus formas que esa ropa-
-¿Mis formas?- repetía con escándalo. Es que no pensaba comportarse el Capitán, ya veía.
-Usted preguntó- respondía -Después de todo somos piratas-
Bribón, atrevido, pensaba. Pero en ese momento cruzábamos frente a un cartel, que no pude evitar leerlo sin que me estremeciera:
"Enemigos de la Corona" rezaba el.papel con símbolos de muerte, como una enorme y terrible advertencia.
El Capitán también vio el cartel, de hecho debía de ver amenazas como ésa en todas partes .
Eso nos enfocaba en nuestra situación.
-¿Cuánto tiempo piensan seguir aquí? ¿No es arriesgado?- y se notaba mi preocupación.
-Para todos somos unos simples extranjeros. Claro que eso no podrá ser por mucho tiempo- fue lo que me respondió.
Nunca había ido a una taberna, estaba allí a una calle de la posada, y la verdad no me sentía capaz de engañar a todo el mundo. Se notaba que no era un señor.
-Usted ¿Qué piensa hacer?- no dejaba de inquirir -¿Qué planea? Yo nunca comprendí...-
En realidad no sabía si debía hablar de Montenegro con él, aquello era algo que me había contado Morgan, y de seguro que no fue con su consentimiento.
-Marianne, usted sabe más de lo que parece- y otra vez pronunciaba mi nombre como nadie más lo hacía. De vez en cuando al Capitán se le notaban diversos acentos -Yo sé que Morgan es un chismoso-
En eso, ya estábamos frente a las puertas de la taberna, y empecé a ponerme nerviosa.
-No sé mucho, no se crea- le dije con honestidad.
Entramos sin llamar la atención, gracias a Dios. Y se notaba que ya habían visto al Capitán y a sus hombres antes.
-Usted creerá que yo me he visitado todas las tabernas de cada puerto a donde tocamos tierra ¿No es así?-
No le respondí, estaba siendo demasiado sarcástico y atrevido.
-Tal vez no me crea pero nunca he sido asiduo. Está condenado por el Corán. Y tenía más de diez años sin estar en una- prosiguió. No le hice caso.
Con incomodidad, evitaba a los individuos que se embriagaban y hablaban con vulgaridad, y se me hacía difícil hacerme pasar por uno de ellos. Era muy tonto creer que no sabrían que soy mujer.
-No esté tan asustada. Nadie reparará en nosotros- el Capitán adivinaba mis temores, y lo terriblemente ingenua que era -En serio le digo que hay montones de piratas con apariencia más dudosa que la suya-
Llegamos hasta una mesa alejada, De las Casas y Morgan se habían quedado en la barra, dejándonos solos, y el Capitán me ofrece una silla, como un caballero.
-Esta noche somos dos piratas nada más- dijo mientras me sentaba.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario