domingo, 19 de agosto de 2018

Capítulo XXXV - Tentación

Eran apenas unos pasos, una cuadra y media bajo la luz de las farolas de aceite, para llegar a la posada, pero el Capitán se apresuraba de todas formas.
Como si algo lo persiguiera.
No era tan tarde, pero no había nadie por aquellas calles, solo vestigios de que una vez hubo vida pisando aquellas piedras. 
La gente del pueblo estaba aterrada por los ataques piratas desde que había ocurrido lo del gobernador. Así que entonces era imposible que estuviera viendo a aquel hombre.
El Capitán se detiene y desenvaina su mortífera espada. Un exquisito acero que solo se dejaba ver cuando se estaba a punto de morir.
Pero sabía que hacía eso en vano, porque se enfrentaba a un enemigo desconocido para el resto de los hombres:
Gabriel  le susurra la voz espectral, pronunciando su verdadero nombre.
Terrible, el hombre no esperaba aquel encuentro, sin embargo era algo que se tomaba con mucho temple.
Gabriel ¿Qué haces?  le hablaba la sombra.
-Largo, miserable demonio. Ya no te tengo miedo- el Capitán lo enfrentaba como se enfrenta a un viejo y conocido enemigo. Habló con voz imperiosa, pero igual sintiendo ese congelamiento recorrer por todas sus entrañas.
"Gabriel" sonaba lastimera la voz de la aparición, como una figura bajo el farol "Solo mírate. El hijo de Ahmed, qué vergüenza"
El Capitán se balanceaba al sentir que sus piernas ya no podían con tanto, que lo traicionaban. Culpaba al licor de que su vista se nublara y que el miedo lo hiciera sentirse mareado ya por todo.
-No tengo por qué seguir cargando el peso de un pasado que apenas conocí-
"Tu padre se reveló contra un poderoso imperio, pero tú estás aquí como un borracho de pueblo por culpa de una insignificante mujer"
-Cállate, sombra profana. Tú no vengas a aleccionarme cuando lo que hiciste fue tenderme una trampa. Aún espero que me entregues a Montenegro- exigía el hombre, manteniendo un temple de acero -Pero entregarte mi alma fue lo más estúpido que pude haber hecho-
"Hombre tonto. Tu monjita ya no te sirve para nada. Quisiste liberarte de mí, pero a ti te venció una monjita. Ahora no creo que tengas ni un poquito de coraje para enfrentarlo"
Con su espada en mano, el hombre solo quería cortarle la cabeza a aquella falsa réplica de él mismo... ¡Pero, si tan solo pudiera!! 
-No conoces nada acerca del alma de los hombres. No sabes lo que pesa sobre mí-
"Lo que pesa sobre ti se puede liberar en una noche" se mofaba la aparición "Si tuvieras algo de coraje, claro. Pero el coraje es algo que te abandonó hace mucho"
-Infernal demonio, lo que sale de tu boca es infamia-
"Una mujercita te tiene así. Dime ¿Por cuántos meses más vas a continuar en lo mismo? Más de un año ya, que vergüenza. Cuando pudiste tomar a la mujercita, y ahora estarías libre para cumplir con tu misión"
-Calla- insistía el Capitán -Jamás me rebajaría al nivel de una rata-
"Eso se llama ser hombre"
-No, no lo creo. Tu no sabes nada acerca de ser hombre-
"Eras mucho más hombre cuando compraste a tu mujer. Y no estabas mangüareando por una virgen marchita bajo un hábito, como si fueras un desviado"
El demonio con aquellas crueles palabras, tan falsas, intentaba taladrar el alma del Capitán Pirata. Pero las falsedades no podían con él. Jamás había visto a un mujer marchita bajo un hábito, sino todo lo contrario, el demonio le hacía recordar a Marianne cuando había dejado el hábito, y usaba el vestido amarillo de Abigail, y la ropa de pirata. Era una mujer que por más que se resistiera, despertaba sus deseos carnales.
-Infame lengua pútrida. Y no se te ocurra pronunciar el nombre de Abigail-
"Oh, al menos era mejor mujer. La compraste y ella cumplió con su deber"
-Porque me amaba- soltó con furia el hombre. No le importaba ser parte de aquella pantomima, estaba acostumbrado.
"¿Amarte una mujer que vendían como ganado? Las mujeres no tienen esos derechos. Solo era como debía ser, y cumplió con su hombre. Eso todo"
Entonces, lleno de ira, y con los ojos ardiendo, el Capitán zarandea su espada, pero era tan inútil  luchar contra una sombra...
La realidad se le mostraba, por sobre todo lo que él pretendía creer.  A la final, él solo necesitaba ser amado, pero todo se lo impedía.
"Semejante enclenque te has vuelto. Sé un hombre y consigue a la monjita, tú lo puedes hacer, atráela y hazla tuya de una vez. No pensarás seguir penando como un miserable cuando tienes a una deliciosa virgen que puedes tomar y hacer que sepa cuál es su lugar y quién es el que manda"
Aquello era terrible, la tentación que se mostraba de una manera tan seductora, pero tan terrible a la vez.
-¡Largo de aquí!!- 
Concluía y estaba jadeando, y el sudor le corría por la frente, luchando contra unas fuerzas que intentaban controlarlo mientras que en la calle ya no había nada.
Concluía y estaba jadeando, y el sudor le corría por la frente, luchando contra unas fuerzas que intentaban controlarlo mientras que en la calle ya no había nada

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