domingo, 19 de agosto de 2018

Capítulo XXXIV - La taberna de los olvidados








Cuántos años que tenía sin pisar tierra, cuántos. En aquellos momentos no lo podía recordar con exactitud.
La brisa marina, que tanto curtía su rostro, traía consigo la frescura de la vegetación, y no quemaba tanto su piel como el viento del océano, cargado de sal y recuerdos.
El Capitán amaba eso, las aves, los exquisitos frutos tropicales, y el sabor de la cultura autóctona en cada pedazo de tierra que pudiera conocer sobre el planeta.
¿A caso era eso lo que realmente amaba? ¿la vida que deseaba tener? O era mejor decir, la vida que una vez tuvo.
Tal vez.
Sí, eso, si fuera otra vez Gabriel Murad, el hombre que murió ya hace once años.
-Entonces ¿Pudo verla, Capitán?- Rodolfo de Las Casas, unos pasos más atrás, contemplaba al hombre sin decir nada, hasta la llegada de la noche     
-Entonces ¿Pudo verla, Capitán?- Rodolfo de Las Casas, unos pasos más atrás, contemplaba al hombre sin decir nada, hasta la llegada de la noche... cuando la guardia se paseaba por los callejones de piedra haciendo sus rondas como cazadores.
-Sí- responde escuetamente.
Ambos hombres se enfocan en el horizonte, al oeste, con la caída del sol. Pero no para ver el increíble juego de colores que presentaba el crepúsculo, sino porque allá, fuera de la vista de todos, flotaba el galeón negro en tranquila espera.
-¿Cree que sea prudente quedarse?-
-Sí, Rodolfo. Por aquí nadie parece muy interesado en nosotros- comenta con serenidad. Pensando con cierta gracia que se había paseado toda la tarde enfrente de los carteles de "Se busca, piratas" sin que nadie se percatara que él era, exactamente, uno, de hecho, el peor, de esos piratas – La vida es tan absurda- agregaba.
Los hombres necesitaban pisar tierra de vez en cuando, algunos aún tenían a alguien a quien escribirle, por ejemplo él, a su madre. O, como decía la señorita Perla, "a saciar sus impulsos de hombres"
El Capitán se reía cuando pensaba en la señorita Perla y el escándalo en su rostro cuando se imaginaba las cosas que hacían ellos.
Extrañaba mucho escandalizar a la monjita, eso lo divertía. Hasta podía inventarse más cosas para escandalizarla mucho más.
Hasta ese momento, el Capitán se daba cuenta que estaba más enamorado todavía, y que lo que estaba pasándole sobrepasaba sus anteriores experiencias. Porque esta vez ella le hacía dudar de su comportamiento, y de su forma de pensar.
Aquella mujer era un reto- refunfuñaba para sus adentros- No podría tener lo que quería tan fácilmente esa vez.
"Usted está acostumbrado a obtener lo que quiere" recordaba una y otra vez su voz.
Suspira, burlándose de la vida, porque cuando él solo buscaba liberarse de su maldición ¿Qué ganó en realidad? Encontrarse con ella y ahora había un amor más intenso e indeseado en su corazón.
 Y un amor que lo retaba todo el tiempo, porque no era nada fácil, era un desafío.
-Capitán...- inquieto, Rodolfo de las Casas necesitaba saber si debía buscar a los balseros.
-Hay una posada, a unas calles del cementerio...- respondía el Capitán, saliendo un poco de su ensimismamiento –Busca unos cuartos allí, quiero uno para esta noche. Tengo que escribir unas cartas-
"Unas cartas" pues ahora no era una sino dos personas a quienes escribirles. Lo más que deseaba en ese momento era sentarse en la soledad de una habitación, y escribir.
Y tal vez permanecer allí para siempre.
-Señor, lo mejor que hay para remediar problemas de mujeres...- le comentaba el pirata, adivinando todo lo que pasaba con el Capitán – es un buen ron- y sonríe –Y le digo que allá hay una taberna, que le aseguro que tiene lo mejor-
Gabriel comprendía las intensiones de Rodolfo, e hizo una mueca. Jamás había encontrado disfrute en las banalidades de los hombres, sin embargo en esos últimos meses, había descubierto en verdad las bondades del ron.
La oferta de De las Casas no le resultaba del todo descabellada.
-Tal vez deje de lado mis conflictivas costumbres, Rodolfo. No es fácil liberarse de la educación que uno tuvo ¿No crees?-
-No señor-
-Bueno. Entonces así es como vamos a una taberna para ser individuos como todos los demás- comentaba con ironía, aburrido probablemente.
-¿El Capitán viene con nosotros?- De las Casas casi que no podía ocultar su cara de sorpresa, de estar pensando "el abstemio, el ermitaño salía al fin de su cueva" Porque el Capitán jamás bajaba a tierra con sus hombres, ni siquiera con sus más allegados. El Capitán se encerraba siempre en sí mismo, construyendo muros a su alrededor.
-Necesito tomar algo- respondía el Capitán sin molestarse.
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Pero aquella reunión fue como una pantomima que pasaba ante sus ojos, sin que él estuviera prestando atención. 
Gente, bebida, risas, en un cálido ambiente a media luz, y él sentado con ojos y oídos que no veían ni oían.
Jack Morgan parecía otra persona con esas ropas, bueno, fue quien lo acompañó al convento esa mañana y nadie se percató de él. Lo confundieron con algún hombre de pueblo, que alquilaba carruajes o algo por el estilo.
Él se preguntaba si Marianne lo hubieran reconocido si lo hubiera visto así, tal vez sí.
Porque "Se llevaban muy bien" pensó el Capitán con celos. Tal vez era el ron causando sus efectos.
Obviamente que le había causado celos lo que había dicho su lugarteniente, y eso lo había motivado a venir y buscarla. Ante la sola idea de que otro hombre la conquistara.
Se tomó otro trago "Tomar sus votos"
Tenía celos de todos, de Morgan, hasta de Jesús por estar allí para quitársela.
-Eso no lo permitiré- protesta para sí mismo. Después de todo era un maldito pagano, un asesino también. Alguien a quien Jesús odiaría -pensaba con los grises ojos clavados en su vaso de ron- haciendo caso omiso a los hombres a su alrededor.
Hombres estúpidos, ahí buscando a cualquiera para sacarse otra que tenían en el corazón. Y conocía a unos cuantos así en su tripulación.
Y ¿cuántos eran piratas como ellos? Mundo estúpido. Probablemente muchos, mientras la guardia caminaba por las calles buscando algún pendejo a quien apresar.
Cuando eso era una trampa mortal, pero la mayoría de la gente era inculta y se dejaban llevar, como los borregos.
El veía a esas mujeres costeñas y sus atrevidos vestidos, y no podía sentir nada porque solo pensaba en lo que había debajo de aquellos hábitos de novicia.
¿Que haría la próxima vez que la viera? ¿Comportarse como un villano y hacerla suya aunque se opusiera?
-¿Eres tú, maldito demonio?- empezó a buscar la sombra, entre las penumbras y la luz de las antorchas -¿Eres tú quien me hacer sentir y pensar de esa forma?-
Más preguntas:
¿Y en que lugar quedaba Montenegro? ¿Y su terrible determinación de buscarlo hasta los confines del mundo?
Con un golpe seco deja el vaso de licor sobre la mesa, y se lleva las manos al rostro para restregarse la cara.
El Capitán era presa de viles y tormentosas emociones.
Al fin se da cuenta que nada hacía allí, que no quería estar allí, así que toma su sombrero y se pone de pie para marcharse a la posada.

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