martes, 7 de agosto de 2018

Capítulo XXV - Mirada al mar

Guardé esa carta donde nadie más pudiera encontrarla, y desde esa noche una parte de mí murió.
La realidad era, inminente mente, como la voz de la Madre Superiora resonaba en mi mente “Que nunca más lo volvería a ver”
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Desde entonces dejé de soñar mientras veía por la ventana todas las mañanas, ahora esperaba.
Con esperanzas contemplaba aquel azul e inmenso océano frente a mí, y esperaba.
No sabía en realidad qué ni cómo, pero esperaba.
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Los días pasaban y yo regresaba a mis labores, porque la vida de una Carmelita se centraba en el trabajo, la vida contemplativa y la meditación de La Palabra, y gracias a Dios, así nuestros días estaban completamente ocupados. Cultivábamos diversas frutas y verduras, y asistíamos a mucha gente pobre con aquellos productos.
En el pueblo siempre se hablaba de “Las Carmelitas esto, las Carmelitas lo otro”, nuestra ayuda era algo muy gratificante.
Y así pasaban los días. Y me sorprendía lo mucho que la Madre Superiora se estaba olvidando de los votos: antes solía insistirme con bastante frecuencia debido al paso de los años, pero ahora ya se mostraba tolerante con que alguien como yo pudiera seguir, después de tantos años indecisa.
Creo que eso era algo único del convento de San Isidro. Los votos eran norma obligatoria en la mayoría de las órdenes religiosas.
Pero, y contrario a lo que me había dicho el Capitán, yo ya me estaba decidiendo.
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Una pobre mujer empezó a acercarse a mí durante nuestras visitas al pueblo, muy agradecida por todo y yo encontraba ahora mucho más fácil y fascinante conversar con todo tipo de personas. Porque una vez fui capaz de entablar amistad con piratas.
La buena mujer decía llamarse Juana, y vivía en las afueras del pueblo. Y tal vez no sería la primera, yo mostraba cada vez más la necesidad de hablar con aquellas gentes. Estaba más abierta, más extrovertida.
Y nuestros productos se hacía muy cotizados, y yo empecé a hacer cestas de palma, y Josefina vasijas de barro.
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Un día después de la misa de las siete, y de la cena, Josefina me atrapó en las escaleras mientras subíamos a nuestras celdas. Finalmente.
Se moría de curiosidad, aunque no dudaba de que la Madre Superiora se preocupara por recordarle a todas las Carmelitas el voto de silencio.
Entramos juntas a mi celda y cerramos la puerta.
-Josefina, estás siendo muy atrevida- bromeé ahogando una risita traviesa.
-Jesús Misericordioso- exclama. Ya me preocupaba que no fueras capaz de reír otra vez- comentó bajando la voz.
-Bueno, yo nunca he sido muy alegre ¿No crees?-
-No, es cierto. Pero pero… Cuéntame- al fin soltó.
-¿Qué te cuente qué?-
-¡Sobre ya sabes!- y se puso colorada.
De repente me ensombrecí, en contra de mi voluntad. Era la sola idea de recordarlo, y recordar lo que había dejado atrás lo que apuñalaba de nuevo mi alma.
-Marianne…- Josefina se dio cuenta enseguida de aquel cambio- No soy tu confesora, pero puedes contar conmigo si necesitas hablar-
-Gracias Josefa...- le tomé la mano y se la apreté.
La celda estaba oscura, la ventana abierta hacia el negro horizonte del océano emanaba su aroma a sal desde lo lejos. Y el rumor del oleaje llegaba directo hacia mí.
-Siempre me encantó tu habitación- comentó mi amiga –La vista da directo hacia la costa. Es hermoso sobre todo en las mañanas-
-Lo sé- dije ahogando el impulso de llorar. Pero me ocupé en encender unas velas, y mi crucifijo que viajó conmigo durante meses a bordo del Venganza Negra colgaba ahora sobre la cama.
-Tengo que decirte algo, Josefa…- dije con mis ojos clavados en éste –Ellos no son tan malos como dicen las leyendas-
El rostro andino de mi amiga permanecía expectante, y me escuchaba con demasiada atención.
-Quiero decir, sé que tienen todas las razones para hacer lo que hacen-
-Eso que dices es algo confuso-
-Completamente, lo es. Pero, también nos enseña  Señor que seamos piadosos, que todos los pecadores merecen la salvación ¿No es así?-
Ella asiente, y dice:
-No me imagino el tener que ser piadosos con, con…- tartamudeó al pensar en los piratas, como unos horribles monstruos apestosos sin dientes, sin miembros, con parches en los ojos y esqueletos colgando de todos los mástiles. Incapaz de imaginar que podían ser hermosos y muy caballerosos - Pues con… ellos-
-Yo tampoco podía, créeme, pero la vida me ha enseñado-
Josefina parecía sorprendida y fascinada ante mi actitud.
-Pueden ser muy salvajes, pero también pueden ser bondadosos- añadí, irremediablemente arrastrada por los recuerdos. 
No sabía hasta qué punto alguien pudiera comprender, pero necesitaba hablar.
-Te puedo decir algo, Josefa. Ellos no van a hacernos daños, nunca han pensado en hacernos daño, no temas más. Sus objetivos son otros-

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