En mi sueño, seguía en el camarote arrullada por el vaivén de las olas. Y escuchaba un canto, que flotaba sobre las olas.
Una mujer cantaba a su bebé, mientras que yo, ausente, observaba todo como una presencia omnipresente.
Una mujer cantaba a su bebé, mientras que yo, ausente, observaba todo como una presencia omnipresente.
Y a mi alrededor veía una cuna, vestidos y colores. Y un caballito de madera en un rincón.
Despertaba de esos sueños con una terrible sensación de ahogo, y no era por el calor.
Siempre entraba una brisa fresca por la ventana pero eso no me tranquilizaba.
Todas las noches soñaba, y lloraba sin saber por qué.
Esa vez me había quedado hasta tarde, leyendo y releyendo la carta que atesoraba como si fuera el último recuerdo de mis padres lo que tenía ahí entre mis manos.
Cada vez con más dolor.
Porque yo podía sentir la pena que cubría de negro al Capitán Pirata, como si fuera mi propia carne.
Y empezaba a soñar con su pasado, Gabriel, imaginando aquella infancia en una europa dividida. Con hombres en turbantes, y una dama europea siendo atendida como una reina. Y un pequeño niño de cabellos negros sobre su regazo.
¿Sería la madre del Capitán Pirata? En mis sueños lo era.
Y era hermosa, con los mismo ojos grises de él.
Y era hermosa, con los mismo ojos grises de él.
Una mujer que se había robado el corazón de un otomano.
Me preguntaba cómo habían llegado a conocerse.
Pero era de imaginarse, una familia italiana viviendo en Turquía. Era algo típico.
Pero era de imaginarse, una familia italiana viviendo en Turquía. Era algo típico.
Los hombres construían barreras, pero el amor siempre las cruzaba.
En el seminario estudiábamos mucho sobre esos casos.
Un matrimonio noble, una italiana católica con un otomano... Un rebelde otomano, me recordaba una vocecilla. Ahora veía tan claro que eso era algo que la gente que se moviera por esos terrenos podría conocer.
Me preguntaba si alguien podría adivinar a qué familia italiana pertenecía, o pertenece, la mujer excomulgada.
La Madre Superiora debía de saber algo. Habiendo hecho seminarios en europa, España, Italia, Portugal. Bastante que estudiamos de todas las familias del clero en Italia en el seminario. Sobre la historia con otras religiones.
Bastante me sorprendía lo mucho que podía saber una simple monja, lo mucho que habían leído y estudiado.
La cuestión era, que nosotros los religiosos sabíamos, pero bajo el secreto de la confesión.
La cuestión era, que nosotros los religiosos sabíamos, pero bajo el secreto de la confesión.
Así un religioso podía saberlo todo.
Los casos que han expuesto a la Iglesia al escándalo y la crítica, los Borgia, la Inquisición, Maquiavelo, mujeres que se hicieron pasar por sacerdotes.
Yo en lo personal siempre sentí gran pasión por la Alhambra (enorme casualidad, los musulmanes y los católicos) y todavía albergaba esperanzas de algún día poder visitar aquel lugar.
¿Podría alguna de las nuestras haber escuchado sobre la madre del Capitán?
Mi mente alocada me creaba miles de posibilidades, miles de escenarios.
Y así no dormía.
Finalmente el reloj marcaba las cinco y mis deberes llamaban: La primera misa de la mañana, y las incontables visitas que parecían encontrar encantador venir a un convento en pleno Caribe para hacer sus meditaciones en esa época del año.
Muy poco me importó la estadía de nuestros huéspedes del Sagrado Corazón de Portugal, después vinieron dos Madres Superioras del Perú.
En realidad me gustaba más hablar con la gente del pueblo, con los pies puestos sobre la tierra.
Hablar de la situación y la política en vez de meditar todo el día La Palabra. Porque yo pensaba que conociendo sobre el mundo, se aprendía a conectarlo mejor con Dios.
Que eso no lo supiera la Madre Superiora, por cierto.
Juana, la señora del pueblo, venía al convento con regularidad, decía que nuestras papas eran las mejores de todo el continente. Pero yo, aprovechando lo de las papas, le preguntaba sobre otras cosas.
Solo Juana sabía de mi interés por los rumores acerca de piratas.
Pero Juana negaba rotundamente haber escuchado sobre piratas, sin embargo encontraba a otros que sí sabían, y me decían que últimamente se hablaba más de piratas que en años anteriores.
Me hacía gracia la forma en que me hablaba Juana, con ese acento costeño tan marcado "No se nada señorita, nada de nada. Perdón, ¿puedo llamarla señorita? Es que no sé cómo llamar a una monjita, si me perdona"
Entonces yo bien claro le decía a Juana:
-Llámame Sor Marianne, tengo pensado tomar mis votos lo más pronto posible-
Y así transcurrían los días de una manera rápida. Sin darme cuenta.
Por las tardes, Josefina siempre me comentaba sobre los visitantes, que eran de su completo interés.
Había conocido a los portugueses y a los españoles. En definitiva que aquello era socializar en el mundo de las religiosas.
-Hubieras visto esa carroza- me comentaba en voz baja, cuando desfilábamos a la misa de las tardes- Era lo más hermoso que había visto-
Sí, las carrozas y los caballos. Yo también me asomaba por las ventanas cuando llegaba alguna. Pero después de haber vivido todo lo que viví, en donde lo viví, no podía tener los mismos intereses que Josefina.
De hecho, los visitantes también me infundían temor.
Porque estaba latente la posibilidad de que la guardia al fin llegara al convento para buscarme.
Que alguno se enterara que yo tuve una estrecha relación con el infame forajido de las leyendas.
Todos los días me santiguaba, y ponía mi vida en manos de todos los que guardaran ese secreto.
Ahora siempre había algo latente, algo que estaba esperando, y que tarde o temprano estallaría.
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