martes, 7 de agosto de 2018

Capítulo XXI - Tierra a la vista

De repente una negra sombra cayó sobre él, y se quedó callado como si ya no quisiera hablar, o más bien, no pudiera hablar.
Quería hacerle tantas preguntas, porque ahora las incógnitas eran aún mayores.
Contradictoriamente.
Me preguntaba si esa sombra que veía en él tendría el nombre de Montenegro.
-Lucharemos contra eso, y lo venceremos- entonces hablé yo.
Me levanté con renovadas fuerzas y aunque Morgan y los demás seguían asomados bajo el marco de la puerta, no se atrevían a entrar.
-Estamos juntos en esto, mi Capitán, y me puede enseñar a mí -
-Ya ha muerto demasiada gente- repetía. No comprendí. Pero se voltea hacia mí y dice con ojos entornados y mirada tranquila-Usted descanse- y se da la vuelta.
Me quedaba perpleja ante esa actitud, como si no hubiéramos hablado nada hacía poco.
Era triste que siempre se levantaran esos muros invisibles entre las personas.
Odiaba los muros, yo deseaba que los humanos pudiéramos vivir sin tantas diferencias que nos separaran, pero en aquel momento aquello tenía una razón.
Y respetaba si esa razón no podía saberse.
Y así como vino, el Capitán se fue, y por siempre recordaría aquellos aromas orientales con su presencia.
---*---*---*---
Por mucho tiempo el mundo era solo azul, y olor a sal. Las noches parecían tragarse la Tierra y era como navegar flotando en el mismo espacio.
Jamás creí que vería aquellos pájaros otra vez.
Había retomado mi escritura en la bitácora personal, y ya no era un registro sino un diario.
"El Venganza Negra era como el brazo oscuro de la ley" se me ocurrió escribir "No le sirve a ningún sultán, monarca o gobernante. Porque en este mundo no hay justicia, pero algunos hombres deciden desafiar el orden y hacer la justicia por ellos mismos. Como este barco.
Los pueblos indígenas no tienen a la ley de su lado, son los forajidos los que actúan por ellos.
Eso es todo lo que tengo que decir con respecto al Venganza Negra"
Entonces, la pluma sobre el papel quiso ahondar más en mi persona y en lo que me atormentaba.
"Un asesino no podrá nunca liberarse de su maldición" escribí y luego alcé la mirada del papel, a los objetos que seguían adornando la mesa, porque no los quería quitar. Porque era como tenerlo a él allí conmigo.
-Por que el Capitán es un asesino y yo lo estoy defendiendo- dije.
Entonces, así de repente apareció, el ave en mi ventana.
Me restregué y los ojos y quise acercarme.
El ave voló otra vez pero yo ya la había identificado:
¡Una gaviota!
Con dificultad intenté sacar un poco la cabeza por la ventana, que el viento me azotara el cabello. Quería ver.
Las tonalidades del agua, lo claro del cielo.
¡Todo indicaba la definitiva cercanía con tierra!
---*---*---*---
Esperaba mucho más entusiasmo. Esperaba oír las chanzas de los hombres y las pesadeces con respecto a la "damas de las tabernas"
Pero solo había quietud.
Y muchas miradas puestas en mí.
Encontré al alto mando, el círculo del Capitán, apostados junto al timón. Y estaban como esperando por mí.
No hacía falta preguntarles qué sucede ¿o sí?
-Haremos un viaje a tierra, señorita Perla- habló Morgan y volvía a ser el mismo pirata que me recogió en la playa.
Como si no hubiéramos hablado jamás en la cocina aquella noche.
Sin embargo notaba algo diferente. La tristeza en sus ojos.
No sabía hacia qué tierra iríamos, si era América o era África. Porque el calor y el azul del mar me indicaban que tierras nórdicas no eran.
Me resigné, ¿qué más me quedaba? Pero en mi interior pesaba un vacío indeseable.
Entonces vi que se me acercaba Fontenay, como si quisiera hablar conmigo en privado.
Bajé la mirada y escuché:
-Deberá obedecer. Le cubriremos los ojos, pero no tiene nada qué temer, solo la llevaremos a un lugar...-
-¿Qué lugar?- susurré y me temblaba la voz.
-Yo solo le digo que no tiene nada qué temer-
Pero ¿Por qué tanto misterio y tanto silencio?
Exigía una explicación.
Pero luego caí en cuenta de que tal vez era yo quien se había engañado, quien había estado viviendo una fantasía creada por mí.
Que lo único que había sido en todo ese tiempo era una prisionera, de quién pretendían sacar algún provecho, y que al ver que no era de tanto provecho, pues ya no había por qué seguir resguardando.
Todo pudo ser solo mi vivaz imaginación buscando escapes al encierro.
Me sentí la persona más ingenua sobre la Tierra.

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