lunes, 27 de agosto de 2018

Capítulo XXXVII - La carta

"Estimada Marianne
Ojalá supiera su apellido, así mis correspondencias serían más apropiadas, pero no tengo el honor de saberlo.
Me disculpo por todo lo que pudo haberle causado mi visita, sé que estoy siendo atrevido y que mi conducta la compromete a usted y a sus hermanas.
Pero no tengo muchas oportunidades de ser un caballero ni de ser alguien que pueda ser visto de buena manera por su Dios.
Me pregunto si Alá no estará pensando lo mismo, porque ante ambos soy un infiel.
Quisiera poder hablarle a más profundidad, porque la mayoría de las veces se le teme a lo que no se conoce, y mi cultura sé que extraña y profana para ustedes.
Incluso yo mismo la he considerado mala.
En la tierra de mi padre, nuestro Alá, el Conocedor de lo oculto y de lo patente, es el Compasivo, el Misericordioso. Es Allhá "no hay más dios que Dios", el Rey, el Santísimo, la Paz, , el Formador.
Me he aprendido el Corán, al menos.
En mi religión, digamos que es mi religión, porque fue el ángel Gabriel, Yibril, quien le reveló al profeta Muhammad los designios de Alá, yo debería estar actuando de una manera muy diferente...
Con usted.
Según la tradición islámica, dijo Mahoma que el mejor consuelo en este mundo es una mujer piadosa,​ por lo tanto debe mostrar respeto y obediencia siempre que no sea pecado; no le está permitido admitir la entrada en la casa a alguien que desagrade a su marido, obedecer a alguien en contra de este y acudir a su lecho cuando este la requiera.​
Este precepto, tristemente, es muchas veces malinterpretado. Porque no son las palabras las causantes de tantas guerras o divisiones en el mundo, es la conducta que la gente toma ante ellas.
Y mi pueblo, mi religión, es el más dividido y el más conflictivo de todos.
Yo sé que todo esto ocasiona que todos miren a alguien como yo con temor, usted lo hizo muchas veces"
Detuve la lectura, tan bien escrito, tan fina caligrafía:
-No te temen porque seas musulmán, Gabriel. Te tememos porque era un asesino-
Y me causó dolor como cada vez que decía eso. Porque pesaba sobre el Capitán una sombra muy negra.
"Sin embargo, si he de decir una de las cualidades que vi en esa mujer que se esconde bajo un hábito, es que no tiene miedo a lo diferente. Usted no se acobarda ante mí.
Y se lo agradezco.
Ojalá, law šá lláh, pudiera verla otra vez, sin cometer los errores del otro día en el huerto. Aunque sería mucho abusar de la paciencia de la Madre Superiora.
Sé que no es apropiado.
Pero quiero verla, estoy aqui para eso. Ya se lo dije.
He venido por usted.
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Leía, tratando de entender por qué en realidad me decía todo eso. 
Yo bajaba la hoja y decía "Yo no tengo nada que ver con eso ¿Qué es lo que realmente quieres decirme, Gabriel?"
Insistía en verme, otra vez.
Para otra persona estaban claras esas insinuaciones, pero yo tontamente evadía verlo de esa manera.
Fui al escritorio, y tomé papel y tinta, y me senté, a la luz de la vela.

Fui al escritorio, y tomé papel y tinta, y me senté, a la luz de la vela

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