martes, 7 de agosto de 2018

Capítulo XVIII - Confesión

Aquello me parecía la mentira más grande.
Pero en ese momento eso era lo que creía firmemente el Capitán.
Y entonces volvió a agitarse, y habló en otros idiomas...
¡Italiano! Pude identificar el primero, sin duda.
Pero luego concluyó bramando unas palabras en otro idioma el cual me resultaba difícil de identificar.
Sin embargo era obvio que aquel era idioma natal...
¿Turco? Pensé y pensé, recorriendo con mi mente todos los idiomas que había estudiado en el convento.
Pero, idiomas del mundo Cristiano por supuesto, y aquél no era un idioma del mundo Cristiano.
-Por favor tranquilícese. No estamos aquí para juzgarlo- me incliné sobre él pero no parecía ser capaz de verme.
-Yo tenía 27 años...- divagaba, en otro lugar y en otro tiempo. Y su rostro adquiría otros matices  y eso era porque aquellos recuerdos estaban muy atados a su corazón- Y la vi, y me enamoré-
-Era una criolla-
-Sí- respondió con tristeza.
Entendía muy bien lo que había pasado y ya no tenía dudas de en dónde estaba ella ahora. El Capitán no me corrigió lo de "era"... y hablar en pasado muchas veces significaba una sentencia.
-No tiene por qué sentirse mal, yo entiendo...-
-Entonces la compré. Porque yo obtenía lo que quería. Ahora, usted me dirá si alguna vez me amó-
-Yo no podría responderle eso. Lo que sí puedo decirle es que no creo que todo lo que yo he visto indique otra cosa-
Y mi expresión gentil pareció calmarlo infinitamente. Porque todo ser humano necesitaba ser escuchado y ser comprendido.
-Y lo que pasó con ella...Tiene que ver con los españoles ¿Verdad?-
No respondió.
Suspiré ya sin fuerzas, con todo lo que había acontecido pesando fuertemente sobre mis hombros, estaba en definitiva demasiado cansada.
Morgan traía al fin las tazas de un té que le había recomendado para el Capitán.
-Ojalá pueda dormirse un rato- le dije. Y no de muy buena manera el hombre accedía a tomarse el té.
Sus ojos clavados sobre mí, intimidándome. El vaivén del barco, solo el crujir de la madera de fondo y la tenue luz de las velas iluminando rostros cansados y sudorosos.
No pretendía juzgarlo y tampoco pretendía que me contara más, sin embargo las palabras no querían dejarnos en paz.
-Ya ha muerto demasiada gente- dijo al fin, entregándose a la cama, con poco aliento.
-Así es-
-Demasiados, ya no más, ya no más, ya no más- y así seguía hablando para sí mismo.
Entonces ordenó luego a sus hombres que me llevaran otra vez al camarote. Y fue como un balde de agua fría arrojado enteramente sobre mí, aunque no dije nada.
Obedecía, como era lo que había que hacer.
Esperaba más, mucho más. Pero me arrancaba de su lado a la fuerza y en contra de su voluntad porque aquel hombre se había construido un alto muro a su alrededor y dudo mucho que hubiera alguien que lo pudiera traspasar.
-No tienen por qué encerrarme. No tengo a dónde ir de todas formas- dije, temiendo muchísimo que ésa fuera la intención.
Y fue lo que concluyó todo.
Salimos y no hubo necesidad de que me forzaran, seguí mi camino profundamente decepcionada pero obediente. Y llegamos al camarote, y entonces el viejo Morgan antes de irse me susurra:
-Le aconsejo que cierre muy bien la puerta esta noche-
Me quedé convencida de que cada vez me vigilaban a mí menos, y que más bien lo que hacían era escoltarme y  cuidarme a mí... de las otras cosas que rondaban por allí.
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Nota de autor en "Notas de Autor"

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