domingo, 19 de agosto de 2018

Capítulo XXXIII - Encrucijadas

-Vaya pirata- protestaba, incrédula por sus atrevimientos- Para usted las mujeres somos botines, posesiones. Ya lo sé. Está muy acostumbrado, a comprar y secuestrar- le respondía acaloradamente -Pero debe aprender-
Estaba furioso, tal vez por que yo sabía decirle todas sus verdades. Y en esos momentos era capaz de imaginar que sí tenía la cabeza de Ortega como trofeo adornando su camarote.
Pero aquel encuentro no podía seguir, porque la voz de la Madre Superiora se hacía presente sin que ninguno de los dos hubiera notado su llegada:
-Señor Murad, por favor- interviene la mujer, evitando que el hombre se comportara indebidamente. 
El Capitán dio su palabra, y la cumpliría, así que atiende respetuosamente los requerimientos de la Madre Superiora, a pesar de sus dominantes impulsos y su orgullo.
Sin embargo cuando me mira a mí... la determinación que había en aquellos ojos decían más que las más apasionadas palabras. Y me estremecí tanto que agradecía la interrupción.
-Márchese, por favor. Es suficiente por hoy- insistía la Madre.
El hombre titubea pero al fin obedece.
Mientras, yo evadía todas las miradas, para que no notaran mi enrojecimiento y perturbación.
Pero más perpleja estaba, porque no solo lo había dejado entrar esa vez, sino que cabía la posibilidad de que lo dejara entrar otras veces ¿O me equivocaba? 
El hombre se dispone a marcharse, pero con unas últimas palabras:
-Te escribiré-
---*---*---*---
Suponía que ahora esperaría aquella carta, y yo le respondería, a donde fuera el remitente. Porque no tenía idea de a dónde se dirigía, aunque no le comentaría a nadie que sospechaba que el barco andaba merodeando las costas.
Me era completamente permitido escribirle, ya que todo quedaba a conciencia mía. Era mi responsabilidad:
-Su amigo el musulmán- me comentó al fin la Madre, cuando regresaba de cerrar los portones- Es heredero de la familia Della Rovere-
-¿Usted los conoce, Madre?-
-No, pero sí he oído sobre ese apellido. Además, he de decirte, que es hijo de uno de los herederos turcos de linaje otomano, los Murad. Su amigo mismo me lo contó-
No supe qué decir ante eso.
-Ahora yo me pregunto cómo ese hombre terminó dedicado a la piratería- decía con afán.
Yo sí lo sabía, y también sabía que no era piratería lo que hacía exactamente, pero la Madre no me lo estaba preguntando.
Al menos tenía la seguridad de que no sabía que Gabriel era el mismísimo Capitán Pirata, ya que  por eso no se mostraba tan negada a mis contactos con él. 
-Su amigo está condenado a muerte. Lo llevarán a la horca cuando lo descubran y lo atrapen- me aclaraba severamente como si yo no supiera eso ya -Espero que eso jamás suceda, no por nuestra parte. Porque confío en tu palabra, Marianne, de que tus aventuras piratas no iban a perjudicarnos-
-¿Por qué ha permitido todo esto?- inquirí al fin. Porque yo no había causado aquello. De hecho, lo había hecho la Madre Superiora.
-No voy a negarle a nadie el que hable conmigo, hija. Su amigo no es el primer forajido que busca consejos, o que simplemente quiere hablar con alguien como yo-
Recordé lo que me dijo una vez, que conocía piratas que ahora eran ciudadanos decentes.
-He conocido montones de almas perdidas, y también he visto lo que les sucede-
Un vacío, otra vez frío y horrible, me oprimía el estómago.
-Por eso lo permito. Por ti. Porque tienes que aclarar todo lo que ocurre contigo y ese hombre. No puedes seguir así, hija- hizo una pausa -Te lo recuerdo una y otra vez. Tu amigo es demasiado peligroso. Demasiado. Por eso lo lamento mucho... por ti-
Yo también lo lamentaba, aún más, pensaba ardientemente.
-Porque ese hombre está enamorado de ti, me rogó que le permitiera verte-
---*---*---*---
También era suficiente por hoy para mí, quería romper a llorar. Necesitaba un tiempo lejos de todo.
Entonces ¿Qué era aquel amor? ¿Qué significaba ser amada por ese Gabriel Murad Della Rovere?
Era su presa. Por eso no me dejaba ir, por eso lo tenía vigilando mis movimientos.
El Capitán veía el amor de esa manera, así había aprendido a amar.
Oh Dios, me decía.
Pero yo no podía simplemente huir. Estaba atrapada, por un amor de cadenas, liberación y condenación.

 Estaba atrapada, por un amor de cadenas, liberación y condenación

No hay comentarios.:

Publicar un comentario