martes, 7 de agosto de 2018

Capítulo XXIV - Arcángel

"Estimada señorita Perla, o mejor dicho, señor Phillips"
Empezaba todo escrito con algo de gracia. De hecho "Señorita Perla" era algo que incluso rayaba en lo infantil -pensaba mientras la noche corría y la tenue luz de la vela titilaba sobre el papel-
La ventana la tenía abierta y entraba el olor a mar.
Recordé a muchos de los piratas, que en su ignorancia parecían niños pequeños, en su forma de hablar y de comportarse.
Excepto el círculo del Capitán, aquellos hombres eran de otro nivel. Eran, en definitiva, algo cercano al Capitán.
Pensaba de repente, que jamás supe la nacionalidad de Clifford o de Aristiguieta.
Ahora todo era diferente, pues lo que me atemorizaba tanto mientras estuve abordo, ahora me parecía ignorancia y simple miseria. Pero mis temores solamente habían cambiado de lugar y de objetivo.
Ahora eran otros así que bajé la mirada y leí con corazón palpitante:
"Creí que no volvería a experimentar algo tan difícil en mi vida, como lo que experimenté en el momento en que di la vuelta para dejar el camarote, y no volver a hablar con usted nunca más. No volver a ver sus ojos, ni el resplandor de su piel aperlada cuando el sol la rozaba por las mañanas.
Porque mi corazón había muerto hacía muchos años, y de nuevo volvía a latir.
Pero me di cuenta que era mejor eso a tener que ver a otra persona amada morir por mi culpa.
Porque las fuerzas que rigen este mundo, muy bien decidieron llevarse a Ana, así también pudieron llevársela a usted.
Y todo por mi culpa, porque yo he traído muerte al mundo y la muerte se las cobra caro.
La muerte sabe a quién amo,   también traje a Abigail a bordo.
Y la muerte se la llevó también.
Por mi culpa.
Porque el diablo, señorita Perla,  viaja a mi lado desde hace diez años y el diablo se le presentó anoche en su mismo camarote.
Lo que me persigue a mí ya iba directo en pos de usted.
Y eso jamás me lo perdonaría.
Nunca comprendí por qué no se casó, por qué ningún hombre vio lo que yo vi en usted. Pero no es el fin, no tiene por qué confinarse tras los muros de un convento como si tuviera cien años.
No los tiene, tiene vida por delante.
Y una vida libre de todos los demonios que me persiguen a mí.
Desde que nací estoy condenado.
Soy un paria para los musulmanes y soy un pagano para los Católicos.
Mi padre fue perseguido por "infiel" y mi madre excomulgada por sacrílega.
Cuando Los Nacionalistas asesinaron a mi padre, mi madre me envió a América para que no fueran tras de mí también.
Como un joven noble llegado de Italia, estudié en Cuba y viví en las Antillas, Mayores y Menores, donde conocí mucho sobre los caribes y los taínos. Tribus fascinantes, aquellos mundos indígenas Americanos me cautivaron, recuerdo que las mujeres eran posesiones y todas pertenecían a los caciques importantes. Me pareció curioso y similar a una religión que yo odiaba, sin embargo los amaba. Pero así como aprendí de ellos, también era testigo de su exterminio y extinción"
Era como leer la carta de un adolescente soñador. El Capitán podría escribir libros tan solo de eso. Y era un hombre que deseaba cambiar al mundo.
"Los españoles, los odiaba, pero en ese entonces parecían más preocupados por encontrar esa tierra llamada El Dorado, ubicada en su país, por cierto, que en hombres como yo. Luego, yo, solo, adinerado y guiado por los vientos, compré un hermoso barco que vendían unos holandeses, un galeón, y viajé a la Perla del Caribe con ciertos acompañantes ya contratados, y allá la vi, esclava y dispuesta para cualquier hombre adinerado y me casé..."
-Margarita- dije en voz alta y recordé lo que me había dicho Morgan acerca de Montenegro. Obviamente que el viejo Holandés ya era parte de esos acompañantes.
"No hay tolerancia para gente como usted o como yo, que cruzamos muros culturales y religiosos.
A los veintinueve fui padre, Abigail y yo tuvimos una hija, se llamaba Anaís, y creí que iba a ser feliz toda mi vida.
Cuánto me equivoqué.
Porque la venganza cobra sangre inocente. Porque hay seres humanos que no significan nada y se las pisotea como plaga.
Sabían que yo era antirealista y atraparon a Abigail y a la bebé...
Jamás vi crueldad semejante. Nunca fui testigo de hasta qué punto un ser humano diferente podía ser peor que nada. Ya no era venganza contra mí sino desprecio por lo que ellas eran.
Y por diez años me he preguntado ¿Por qué?
Algo así no iba a permitir que pasara otra vez... con usted.
Sea libre y feliz, lejos de esta maldición.
La sangre de Anaís fue demasiado y por esa sangre yo hice un juramento terrible que se llevará a todos los que se crucen en mi camino.
No me importa más nada sino matar.
Pero usted.
Si sabe más de mí, si sabe quién soy, si sabe mi apellido, estaría comprometida y eso podría costarle la vida.
Y no lo iba a permitir, ya sabe demasiado porque usted es mi confesora.
Pero ya no más. Así que adiós..."
-No, eso no es cierto- bajé con rabia la carta. Quería decirle al Capitán que eso no era así, que no era su identidad real lo que tenía que ocultar, lo que tenía que dejar atrás era al Capitán Pirata
Dejar atrás al Venganza Negra, él, todos ellos. 
Pero ¿Cómo iba a decírselo? Si me truncó la posibilidad de salvarlo.
Lo odiaba por eso. Y el dolor que me causaba lo que decía aquella carta, estaba acompañado por la frustración que me causaba su sequedad.
"Aléjese de los Realistas, aléjese de los Revolucionarios. Este mundo no la perdonará. Viva libre de esas ataduras humanas porque usted es un alma libre. Usted no es una religiosa"
Y al fin, cortando un mensaje tan directo y escueto, y firmando la carta, estaba escrito:
"Gabriel"
Con fina y curvilínea caligrafía. Y mi corazón dio un salto.
-Tiene el nombre de un ángel- comenté profundamente sorprendida.

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