martes, 14 de agosto de 2018

Capítulo XXXII - Huerto entre sueños

Estaba allí y su presencia causaba inquietud. Las miradas curiosas e impertinentes caían todas sobre él esa mañana.
Yo tenía que hacer algo, pero estaba completamente anonadada.
-No sé, eh, yo no sé...- era lo que yo le respondía, incapaz de tener coherencia mientras intentaba recuperarme de la sorpresa. Pero el Capitán comprendía muy bien la situación, y sabía que aquel no era el lugar más apropiado.
-Yo ya hablé con la Madre Superiora- me explicaba –Ella sabe lo que soy. Y sé que no soy bienvenido aquí-
Entonces mi mirada se volvió hacia ella, que no dejaba de vigilarnos. El Capitán le hizo un gesto también, de profundo agradecimiento.
-Tengo poco tiempo- me dijo.
-Lamento mucho todo- entonces, ésas fueron mis palabras que al fin salían. Eso era lo más importante que tenía que decirle. Le quería decir lo mucho que sentía lo que me había contado en su carta. Pero aquello era un secreto, y estábamos los dos demasiado expuestos –En verdad lamento mucho todo-
-Ya es pasado- comenta tranquilamente, pero igualmente sus ojos brillaron ante eso.
-Vamos al huerto. Creo que aquí no debemos estar más- reacciono, mientras me giraba para que ambos camináramos cruzando el salón, pasando al lado de Josefina que miraba al Capitán sin ningún disimulo, y la Madre Superiora nos detiene un momento, sin quitar los ojos de encima de él:
-Por favor sea rápido. Ya suficiente es con que esté aquí-
El Capitán le hace un gesto de agradecimiento otra vez, y proseguimos nuestro camino, dejando que todas las demás continuaran en sus quehaceres, impulsadas claro estaba, por la Madre Superiora.
El huerto daba a la costa, y se veía lateral a la ventana de mi celda, que tenía una vista más directa hacia el horizonte marítimo.
Lo que una vez fueron ensoñaciones.
Porque ahora todo estaba allí hecho realidad.
-¿Cómo...?- hablé yo primero. El Capitán estaba demasiado ensimismado, como si el contacto con la brisa marina le nublara de nuevo todos sus pensamientos –¿Cómo supiste mi nombre? ¿Cómo supiste todo?-
-¿Creías que iba a olvidarme del convento de San Isidro?- eso sonaba como si le divirtiera- Te estuve vigilando todo el tiempo-
Al ver mi desconcierto, continúa:
-La gente del pueblo, suelen ser buenos aliados-
-¿Juana?- adiviné enseguida, y el Capitán asiente.
-Le pagué para que me informara sobre ti-
-¿Cuánto tiempo llevas espiándome?- me adelanté hasta llegar a los bancos que rodeaban las filas de plantaciones. Pequeñas filas, de diversos sembradíos, porque no era muy grande nuestro huerto, pero bastaba con eso para cansar y requerir algunos espacios de reposo.
- Podría decirse que desde que te dejamos en la playa- pero el Capitán no parecía tener interés en sentarse, se quedó parado, como si estuviera fascinado por el paisaje- Intenté olvidarte pero no pude-
Empecé a sentirme incómoda. Trataba de comportarme, de enfrentar la situación, pero yo tampoco podía hacer lo que me decía la razón, y no sabía actuar tampoco como me decían mis sentimientos.
El Capitán y yo no dejábamos de ser personas distantes, a pesar de lo que nos unía.
-Y ¿Qué pensabas hacer? Me abandonas pero ahora me sales con esto. En verdad no deja de sorprenderme que la Madre Superiora te haya aceptado aquí-
-A mí también- admite –Pero no soy una persona ajena a las maneras católicas. Sé comportarme ¿No lo crees? Pero ella adivinó enseguida lo que era yo. Me dijo que conocía a mi gente, pero sin embargo, me dejó pisar este lugar-
-Pero, me pregunto si tú sabes cuál es tu gente-
-Yo soy un pirata- entonces se dirige a mí, con severidad- Eso es lo que soy, Marianne, y nada puede cambiar eso-
-Y no dejarás que otra opinión te haga cambiar de parecer-
-No puedo. Mi nombre está en el primer puesto de la lista para ajusticiar...- su mano terrible señalaba hacia el oeste, el oeste donde estaba el fortín, el cadalso... Como si yo no supiera donde estaba aquel horrible lugar.


-¿Tú nombre?- con valor lo interrumpo –Tu nombre no lo conoce nadie
-¿Tú nombre?- con valor lo interrumpo –Tu nombre no lo conoce nadie. El hombre condenado es esa máscara que todos llaman Capitán Pirata. Eso quise decirte hace meses pero no me dejaste-
-Usted, siempre me sorprende- respinga- ¿Y cómo cree que voy a liberarme a de la infinidad de muertes que he causado?- y sonríe sardónico, triste, como un payaso fracasado.
-Yo solo te veo aquí presente sin que nadie grite o se alarme-
-Eso es solo por poco tiempo, créeme-
Me sentí desvalida, y él también. Entonces siento rabia, mientras que él comenzaba a inquietarse, y a dar vueltas junto a los tomates. 
Pero yo nunca había visto el huerto del convento de una manera tan mágica, tan ligado a mi extraña felicidad. Porque experimentaba una gran felicidad al igual que frustración y rabia.
-¿Por qué viniste entonces? ahora...- le pregunté secamente, disimulando como buena religiosa. Totalmente resignada –En este momento, después de tanto tiempo. Después de que usted y yo dejamos de ser rehén y captor-
Él me miró con ojos fulminantes, tal vez molesto por mi resignación, silencioso hasta que ya no pudo más:
-Porque Juana me dijo que ibas a tomar los votos, Sor Marianne- canturreó burlonamente –Y eso es algo que yo no voy a permitir-
Quise reírme yo también, como todo eso fuera una pantomima. Aquella autoridad, como si yo fuera otro de sus subalternos.
-Oh, bien. Usted siente que tiene derechos como decidir sobre mi vida-
-No lo voy a permitir. Te lo dije en la carta. Tú no eres una monja-
-Señor, me disculpa pero no tiene ninguna autoridad ni derecho de venir aquí a decirme lo que no debo hacer-
Aquel hombre controlaba todo su ímpetu muy bien. Era un león enjaulado en ese momento, vestido de blanco y bajo todo un porte de caballero.
-No creo que a nadie le importe ni le afecte que yo tome mis votos y decida entregar mi vida a Jesús- insistía ante sus atrevimientos.
-Pues no- me ataja con terquedad, muy sutil y educadamente, pero igualmente terco- Porque usted es mía. Y yo la quiero conmigo- agregó.

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