Hasta que llegó el día en que un visitante venía especialmente a verme a mí.
Y entonces le dije a Dios que tomara mi vida, antes de yo terminar en una oscura mazmorra en el fortín.
Primero tendría que morir.
Porque el día había llegado, el día en que tendría que rendir cuentas por haber vivido una aventura pirata a bordo de un infame barco.
Miré a los ojos a Josefina, buscando alguna señal de alarma, esperando que la Madre Superiora me ayudara, evitando que los hombres dieran conmigo.
Pero no encontré nada. De hecho, no encontré nada de alarma en los ojos de mi amiga.
Ella solo me dijo:
-Tienes que ver esa carroza-
---*---*---*---
Y dejé de ser la misma persona. No podía creer que para todos los demás el mundo siguiera igual, una rutina, cuando podía significar la muerte para una persona.
Para mí.
No di créditos a lo que estaba viendo, pero si no podía escapar ahora, entonces yo escaparía después. Saltaría de esa fabulosa carroza si era posible.
Nadie se esperaba que una religiosa pudiera contraatacar. No se esperaban que yo hubiera aprendido a ser pirata.
Así que ésa era mi ventaja.
Así que ésa era mi ventaja.
-¿Qué quieren conmigo?- le dije secamente a Josefina -Yo creí que no iban a permitir que la guardia...-
-Pero no es la guardia- me aclaró al fin.
Mi mundo cambió otra vez, de negro a color. Y si bien estuve al borde de la muerte muchas veces antes, nunca la había sentido tan decisiva como en ese momento.
-Entonces ¿Quién?-
La mirada de Josefina era de incógnitas, pero estaba claro que si había ido a buscarme, era porque la Madre Superiora lo había permitido.
La Madre Superiora permitía esa visita así que, respirando otra vez, no tuve dudas de que era algo relacionado con mis deberes religiosos.
Obviamente, y debido a mi evasivo comportamiento en las ocasiones anteriores, la Madre me estaban mandando personalmente a atender a un nuevo visitante.
Así que dejando de lado mis locuras, y recobrando un poco el balance, me acomodo el hábito para ir a atender mis deberes como Carmelita de San Isidro.
-Me has dado el susto de mi vida, Josefina- protesté en el camino, siendo bien directa con Josefina.
Ella solo se encogió de hombros con una sonrisa mientras bajábamos las escaleras, y a cada paso, yo pasaba de la completa tranquilidad, a sentir otra vez que me faltaba el aliento, cuando distingo la figura de una persona que esperaba bajo el arco de la entrada.
Y esa persona no parecía en lo absoluto ningún seminarista.
-Un caballero te busca- fue lo que me dijo la Madre Superiora cuando me vio llegar, y se lo vi en los ojos. Pero no abrí la boca, sino que grité en mi interior "¿Qué caballero sobre la Tierra podría querer verme a mí?"
Uno que estaba allí parado, en medio de las hermanas que lo miraban todas con mucha curiosidad.
Era muy alto, y muy refinado. Tenía el cabello negro atado en una cola a la usanza europea, y vestía un traje blanco.
Había llegado en un carruaje, posiblemente alquilado en el puerto, y que lo esperaba a entradas del convento.
Había llegado en un carruaje, posiblemente alquilado en el puerto, y que lo esperaba a entradas del convento.
-Buen día- me acerqué -¿En qué puedo ayudarlo?- y el corazón me latía salvajemente.
Entonces al oírme, el caballero da la vuelta:
-Buen día, ¿es usted Sor Marianne?-
Me quedé atónita, y el frío en mi estómago me deja muda. Porque vi su rostro, afeitado y limpio, que su piel parecía más blanca. Pero sus ojos eran los mismos ojos grises que tanto conocía.
Y su expresión no podía ocultar lo que era.
Y no pude disimular mi sorpresa, y miré para todos lados buscando una explicación. Y encontré a la Madre Superiora que me observaba con severidad, un poco más atrás, sabiendo muy bien todo.
Volví a mirar a aquel hombre ¿Cuánto tiempo había pasado? Tal vez no tanto como creía. Pero para mí fue una eternidad:
-¿Gabriel?-
Él hace un gesto afirmativo:
-Marianne- pronuncia mi nombre como nunca nadie lo hizo.
-¿Qué haces aquí...?- le preguntaba con un hilo de voz.
-¿Podemos hablar?- entonces él me pregunta.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario