martes, 14 de agosto de 2018

Capítulo XXIX - La treta de Morgan

Después de un momento de desconcierto, el pirata accede con un gesto y dice:
-Está bien, Gabriel, como hace catorce años, cuando nos conocimos-
-Catorce años, válgame Dios- el Capitán sirve una copa de vino a Morgan, y el aroma del licor era embriagante. Aunque Morgan hacía años que había logrado la sobriedad y no pensaba cambiar eso.
-Y hace apenas unos días que usted cumplió cuarenta y un años, señor- el hombre toma la copa con cortesía y el Capitán brinda, y luego se empuja todo el vino de la suya de un solo trago -Y yo... caracha... ya estoy cerca de tener setenta años... ¡Setenta años!-
-Sí, así es. Viejo del demonio- Gabriel le sonríe -Y no dejas de ser ese pirata-
El paso de los años a bordo había sido demasiado rápido y violento.
-Pero no podemos decir que seamos los mismos- opinaba el viejo.
Eso no lo comentó el Capitán, sino que en vez de eso tamborilea sus dedos sobre la madera y le dice a su lugarteniente:
-No te preocupes por esos individuos, Jack, yo sé manejarlos. Yo conozco cuando son tipos que se callan la boca por la plata, y puedes salir ahora y decirles a todos que tendrán su botín. Yo les pagaré, siempre pago-
-Está bien, así será-
Todo el lugar estaba tan silente, y el océano tan calmo, que podría pensarse que por un momento estaban en tierra. Apenas había dejado el Capitán una luz y con eso bastaba para ver con claridad.
-Todo es por la plata. Así funciona el hombre, o la gran mayoría- susurraba y a eso nada decía Morgan.
-A mi edad, si me permite decirlo, es cuando al fin nos damos cuentas que nada de eso vale a la final-
-¿Eso crees?- musita, como si hablara para sí mismo. Extraviado en los tiempos pasados, solo contemplando su copa.
-Nada de esto vale. Lo que vale, si me permite decirlo, es la familia. Yo no tengo nada, porque yo, vaya que fui un rufián, sí ¡Un rufián!- y se rió el miserable -Dos esposas e hijos que ni conozco. De hecho debo tener hijos que ni sé que existen-
El Capitán se ríe, y brinda por la salud de Morgan denotando una ligera embriaguez.
-Demonio. Bueno, así hacemos el juego- y a la luz de la vela, Morgan notaba que los grises ojos de Gabriel estaban enrojecidos.
-Ya qué ¿No? Estoy viejo sin nadie en el mundo a quien le importe-
-Así estamos todos aquí-
-No todos- se atreve a decir el viejo.
-¿A qué te refieres?-
-A la carta que iba a escribir, señor ¿Pensaba escribirle a su señora madre?-
El Capitán titubea, sin molestarse por aquella intromisión.
-No exactamente- admite.
Morgan sabía, aunque siempre que andaban cerca de tierra, el Capitán le escribía a su madre, ahora era obviamente diferente.
-¿Ya para qué le escribo? No sabe casi nada de mí- prosigue el hombre de negro, y habiendo finalizado con la bebida, buscaba su pipa, y la encendía- Puras mentiras es lo que le escribo, así que ya qué tanto le voy a escribir-
Morgan se encoge de hombros, muy atento.
-Y tú ¿Qué hubieras hecho diferente? Si fueras más joven y pudieras volver a comenzar- le pregunta.
-¡Jay!- exclama Morgan- Esa sí que es una pregunta- un poco desconcertado al principio pero luego se concentra y estudia al Capitán, como muchas veces estudiaba a los enemigos, precisamente porque él se lo había encomendado - Si yo hubiera sido más joven... No se moleste mi Capitán, pero hubiera tratado a la señorita Perla muy diferente-
-¿A la monjita?- la atención fue inmediata. El Capitán divagaba pero hasta ese justo momento- Yo sé que ustedes hablaban mucho, dime viejo ¿Te dijo su nombre??-
-No-
Gabriel se mostró claramente decepcionado.
-¿De qué hablaban? Dime- ordena entonces.
-De la vida, en general, la verdad. Me agradaba la monjita...- luego hizo una pausa antes de proseguir- La extraño ¿Usted no?-
-¿Por qué habría de extrañar a una rehén? Tonto. Suelen ser un problema la mayor parte del tiempo-
-Porque con ella se podía hablar. Y eso no es algo que se tenga por aquí con mucha gracia. La señorita Perla me trataba como a una persona. Y extraño eso ¿Sabe?-
Gabriel se quedaba pensativo, como si el viejo le presentara una conversación a la que no estaba preparado.
-¡Tú crees, Jack, que la monjita hubiera podido salvarme!- se ríe al fin.
-Sí- fue lo que respondió el viejo.
Gabriel le clavó los ojos, y el pirata se estremeció. Porque había visto a hombres morir cuando el Capitán los miraba de esa manera.
Pero la espada que reposaba al lado de la pierna del Capitán Pirata jamás se movió de allí.
-Jajaja, eres optimista, Jack. Pero ella iba a morir si se quedaba a bordo- dijo al fin, mucho más tranquilo. Ahora estaba inmerso en la tristeza.
-Capitán, no todo tiene que ser tan radical-
-¿Te quedan dudas, viejo?-
Morgan vaciló y luego añadía:
-Gabriel, si hay algo que hemos hecho por diez años, es arriesgarnos ¿No cree?- dijo al fin el viejo - Y yo no he olvidado la educación de mi pobre madre, aunque hayan pasado siglos. Sé rezar, y la monjita me enseñó a luchar contra eso, el diablo, señor. Y funciona, no se rinda-
-Yo tampoco olvido lo que me enseñó mi madre...- Gabriel se ponía de pie, para estirarse un poco -Y mi padre también-
-Pero usted nunca pensó seguir la religión de su padre-
-Y no creo que eso pretendiera, por eso lo mataron. Mi padre no era fiel. Y todas las religiones son absurdas y para gente que no ve más allá de sus narices. Mire usted a esas monjas- y parecía muy interesado en contemplar la ventana, como si con eso lograra ver algo más que oscuridad.
-Las monjas señor, solo son mujeres abandonadas-
-Interesante concepto- comentó el Capitán volteando hacia él, sorpresivamente muy interesado en toda la sabiduría de su lugarteniente.
-Y me da pena la señorita Perla- sugiere con timidez Morgan, otra vez pisando terreno peligroso.
-¿Por qué??- inquiere tajantemente.
-Porque está abandonada, porque ningún hombre tuvo el coraje de conquistarla-
-¿A caso percibo, que eso es lo que pensabas hacer si hubieras sido más joven, Morgan?-
-Sí- responde Morgan sin titubear.
El Capitán Pirata alza sus cejas completamente anonadado. 

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