El océano calmo era como un manto negro y lleno de estrellas.
No había ni una onda en su superficie porque el Venganza Negra reposaba anclado entre dos enormes acantilados, silente e invisible.
No había ni una onda en su superficie porque el Venganza Negra reposaba anclado entre dos enormes acantilados, silente e invisible.
Era invisible, a no ser cuando se entrecortaba contra la luminiscencia de la luna. Entonces era como una aparición fantasmal.
El hombre parado en popa, descansaba sobre una pierna mientras la otra se estiraba por un rato, y luego cambiaría de posición.
El sobrero de alas anchas cubrían de sombra todo su rostro, y en su mano sostenía todavía una hoja de papel.
Atrás, en plena oscuridad, velas apagadas, y ninguna señal de vida, Aristiguieta y Fontenay observaban al Capitán, e intercambiaban las miradas.
-¿Crees que la envíe?- habló al fin Aristiguieta, en apenas un susurro.
Fontenay menea la cabeza.
-No creo que partamos en algún tiempo- agrega Aristiguieta.
Fontenay no despegaba la vista de la figura en popa, y solo responde con gestos a su compañero.
El hombre en popa se da la vuelta al fin, y sus botas retumban sobre la madera. Todos vuelven a su lugar y fingen no andar murmurando acerca del Capitán todo el tiempo.
En vez de hablar de la última incursión en tierra, todos hablaban ahora era del Capitán. Porque desde hacía cuatro meses que estaba bebiendo de más, y se había negado a recuperar su camarote. Aquel lugar lo había cerrado y él se la pasaba encerrado en el castillo de popa, sin dar parte a nadie de nada.
Y eso no le gustaba a muchos de los que andaban a bordo.
El Capitán sabía que la mitad de sus hombres no estaba allí por lealtad sino por ganancias, y esa noche, tras unas copas más, le dice a Morgan cuando éste le llevaba una frugal cena que el Capitán no tocaría:
-La plata es a la final lo que más vale. La mitad a bordo lo sabe muy bien ¿No crees, Jack?- y enciende su pipa, sin mirar siquiera al hombre que tenía enfrente.
Asustado, el viejo pirata solo sigue la corriente.
-Fue un buen trabajo- le dice, aunque ni Morgan ni él estuvieron en tierra en todo ese tiempo. Jamás abandonaron el barco. Jamás pisaron la finca del gobernador. El Capitán solo había ordenado el ataque, pero él no tocó ni un cuchillo.
-Emm, los hombres solo se preguntan por qué... pues, no pudieron traerse nada de botín, señor-
Era el deber de Morgan comunicarle eso al Capitán. Éste no se inmutó.
-Solo les interesa la plata, el oro. Pero yo no. No vamos a llevarnos nada ganado con sangre de un pueblo "del pueblo de San Isidro" , pensó con especial interés, "el pueblo por el que su señor Phillips tanto se preocupaba". Y si alguna vez lo hemos hecho, ha sido para devolvérselo al mismo pueblo ¿Están conscientes de eso?-
-Sí señor. Pero no todos, ya sabe...-
-No todos comprenden- atajó el hombre de la casaca negra- Porque la mitad de estos hombres son solo rufianes que están a bordo para escapar de la horca. No por lealtad-
Pero el Capitán no comprometía a Morgan para que le respondiera todo, él solo hablaba para sí mismo:
-Yo lo he hecho así. Ha sido mi decisión-
-Yo le soy leal. Lo sabe- fue lo que le dijo Morgan al fin.
-Siéntate, Jack- le ofreció el Capitán, y a parte de comida, había una botella de vino, y copas, y al pirata le pareció estar viendo al joven de hacía diez años -Yo mismo armé una tripulación de forajidos y ahora me quejo. Escúchame hablar como un noble otra vez-
-Yo creo que esta siendo su verdadera persona- se atrevió a decirle Morgan, por primera vez.
-Yo ya no sé cuál es mi verdadera persona-
-Tal vez alguien se lo estaba aclarando- definitivamente que Morgan sentía que podía hablar con el Capitán como tanto deseaba hacerlo. Estaba algo bebido, pero el licor jamás causado estragos en aquel hombre de sangre tan mezclada.
-Sí, tienes razón-
-No es el único que la extraña, Capitán. No tiene nada de malo decirlo-
Ante eso el Capitán se quedó profundamente callado, batallando contra sus sentimientos. Y un lastimero sonido se oye en la lejanía, tal vez alguna ballena, o algún alma en pena.
-Diez años y todavía no sé nada de Montenegro- dice con rabia. Sin embargo en otros tiempos hubiera tirado al piso la botella y las copas, y toda la comida que tenía sobre la mesa ante el solo hecho de pronunciar ese nombre.
-Está desaparecido. Hemos preguntado, hemos buscado. Nadie sabe de él. Lo último que supimos fue, bueno, ya lo sabe, que andaba por Colombia-
-La futura "Gran Colombia"- murmuró el Capitán recordando lo que recién le habían contado, y se ríe -Ideales, puros ideales-
¿Estaba a caso dudando de los ideales? No había fanatismo en su mirada. Ni siquiera ante alguna absurda idea de que Montenegro estuviera buscando posición en el nuevo sistema que intentaba establecer Bolívar. O ante la posibilidad de que aquel hombre hubiera desertado a otro continente, muy lejos de su alcance.
Ahora era todo tan absurdo, pero estar perdiendo el control de su rumbo y de sus decisiones no beneficiaba su posición como Capitán... ante algunos de los hombres que tenía a bordo.
Habían algunos que, sabía muy bien, eran traicioneros. Pero el Capitán siempre los tenía vigilados, y jamás permitió que tuvieran contacto con su última rehén.
La novicia nunca vio aquellos hombres.
-Qué ironía, monjas y piratas- comentaba con gracia - Somos como gacelas y leones, nuestras presas favoritas. O eso se supone, yo no sigo lo convencional-
-¿Seguiremos en contacto con nuestros informantes, señor?- obviando aquel soliloquio, Morgan intentaba distraerlo y enfocarlo.
-Claro que sí, Jack. Aún no terminamos. Y al que no le guste lo que hago que me avise y le doy un paseo por la plancha-
-Sí, señor-
-Llámame Gabriel, Jack, como lo hacías en otros tiempos-
El pirata se quedó frío y desconcertado. Le había hecho jurar que jamás mencionaría aquel nombre.
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