-Me preocupas, Marianne-
La Madre Superiora estaba allí esa noche, para mi sorpresa.
Visitas como ésa a tu propia celda solo significaban una cosa: una reprimenda.
Yo estaba allí en mi celda, en un retiro por quebranto de salud que ya llevaba tres días.
Tres días encerrada en la modesta habitación de los pisos altos del convento Carmelitas de San Isidro.
Hacía tres días había llegado al atardecer, cargando una rústica bolsa llena de pertenencias.
Y lo que menos me esperaba era que mis antiguas compañeras se espantaran por mi aspecto, en vez de recibirme con los brazos abiertos debido a que estaba yo regresando de la muerte.
Me di cuenta de lo poco que importaba en realidad.
Todo había seguido su curso como si nada.
O tal vez así lo veía yo por mi desolación.
Caí enferma y en tres días no supe de mí. Así que las hermanas me cuidaron y nadie preguntó nada.
A pesar de que yo les había contado todo.
Pero aquello las asustaba y preferían ignorarme, excepto Sor Josefina, con quien yo solía realizar todas mis tareas cuando vivía allí, en otra época, en otra dimensión.
Podría considerarla mi única amiga allí.
De resto, todas me miraban con ojos llenos de dudas, de si yo en verdad seguía siendo una religiosa, de si yo en verdad fui secuestrada por el infame barco de las leyendas.
O si yo simplemente me eché una escapada con algún novio que, tras abandonarme, pues regresaba a mi lugar con la cola entre las piernas.
Yo solo les conté la verdad.
Que fui maniatada y encapuchada como la primera vez, y abordada un bote en plena noche.
Nos acercamos a tierra después de una larga travesía, y allí me dejaron los piratas, en la misma playa de donde fui secuestrada.
-Lo siento, así tiene que ser- fue lo que me dijo Morgan -Y sé que lo entenderá. Confíe-
Yo estaba sin habla, por largo rato, con el corazón estrujado incapaz de comprender lo que estaban haciendo. Luego pude hablar otra vez:
-¡No pueden dejarme aquí, Morgan, no pueden!!-
-Lo lamento- continuaba el bruto pirata.
-¡Hay demasiadas cosas que tengo que decirle al Capitán!! Tiene que decirle, Morgan, que la salvación es posible-
Los hombres giraban, antorchas encendidas y el cálido aliento del caribe en plena noche, y giraban para marcharse.
-Ahora sabes por dónde regresar a casa- me dijo Ramirez.
-La salvación es posible para el Caputan, para todos. Yo sé cómo. ¿y ahora me abandonan??? Cuando aún no he cumplido con mi trabajo???-
Grité y las lágrimas inundaron mis ojos.
-¡No pueden, no pueden dejarme ahora. No pueden, no pueden!!-
Las antorchas se alejaban, y en el horizonte no había ni rastro del Venganza Negra.
No había rastros de él, me había dejado.
Y la bolsa de pertenencias estaba allí a mi lado pero no me importaba ver si allí estaba todo lo que había llevado conmigo.
---*---*---*---
Ahora enfrentaba a la Madre Superiora, apenas recuperándome de mi estado febril. Y si me echaba del convento, no me importaba.
La dejé pasar al claustro recién organizado y que se veía a media luz gracias a unas tristes velas.
El mar debía de verse por la ventana, pero de noche solo había negrura.
Recuerdo cuando me pasaba largos ratos soñando que algún día viviría alguna aventura, perdiéndome más allá de ese mar.
Ahora me hacía reír eso.
-Cuéntame, hija mía- fue lo que me dijo, y me sorprendí. Ella lo notó -Te esperabas ¿Qué?- adivinó mi sorpresa -Que te regañara, que ya no te considerara una Carmelita. Que te expulsara-
Asentí.
-Bueno. Tengo mala fama- ella se sentó en la silla junto a mi escritorio. Yo volví a la cama- La historia que nos contaste es extraordinaria-
-Lo sé-
-No contarías algo así si no fuera verdad-
Alcé la mirada con esperanzas de que me creyera:
-Usted me cree?-
-Sí ¿Por qué no?-
-Gracias Madre, gracias- quise tomarle la mano pero me resistí.
-Por eso vengo. Porque tienes mucho que contarme. Porque no es fácil creer que fuiste secuestrada por el Venganza Negra y tú en vez de estar feliz, estás aquí muriendo de tristeza-
Yo no dije nada, terriblemente asustada de lo que podía ver aquella monja.
-Eso es lo que me preocupa precisamente. Estás en condiciones de abrirte, hija?-
-¿Confesarme, Madre?-
-Bueno, si tú crees que eso es lo que necesitas-
-Necesito confesarme, sí, por que pequé Madre. Por favor ayúdeme-
-¿Qué pecado es el que te atormenta?-
-Me...- quería hablar pero me daba demasiada vergüenza.
-Hija, ni siquiera has abierto tu bolsa ni sacado tus cosas. Porque eso que traías puesto era obviamente la ropa de un pirata-
La Madre Superiora se dio cuenta de mi dificultad y me ayudó a relajarme con otros temas.
Sí, de hecho reparé en mi bolsa y fui a ver si estaba mi crucifijo, y el cuchillo que siempre llevaba conmigo cuando salía del convento.
No esperaba encontrarme nada que no fuera mío. Sin embargo encontré cosas para ayudarme a pasar un tiempo a la intemperie como cuchillos, fósforos, algo para una fogata, granos, especias y carne seca...
Y algo más...
Saqué algo que me apuñaló el corazón: ¡era una carta!
La vi con las manos temblorosas y el corazón desbocado, un fino sobre y una exquisita caligrafía que decía simplemente "Perla" en su sobre.
Entonces llena de valor le dije a la Madre Superiora:
-Lo que pasa Madre, es que me enamoré de un hombre musulmán-
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