Caí sobre la cama y no supe más de mí.
El cansancio y una pesadez sobrenatural acabaron con mi ser esa terrible noche.
Pero no descansaba, me agitaba entre perturbadoras ensoñaciones, y en mis sueños... o yo me imaginaba a conciencia, veía a la criolla esclava, de piel aceitunada y rasgos indígenas, y vi al hombre de negro que la compraba.
Y luego era yo esa mujer. Yo era Abigail, y cuando supe eso abrí los ojos con un sobresalto, despertando con la extraña sensación de que no estaba sola.
-¿Hola?- levanté la cabeza, con el cabello enmarañado pues siendo el señor Phillips, ya no me importaba mi apariencia, y visualicé la habitación en tonalidades blancas y azules.
Un ligero resplandor se colaba por entre la cortina y el rugido del océano era intenso.
La luna era suficiente para iluminar el barco y sus entrañas.
Y yo me encontraba completamente lúcida, así que me puse de pie, y me quedé estática, pensando en Ana.
Y yo me encontraba completamente lúcida, así que me puse de pie, y me quedé estática, pensando en Ana.
Jamás la vería por las mañanas, cuando me traía el desayuno, jamás arreglaría la habitación ni mis ropas.
Había pasado años aprendiendo a ser piadosa y a perdonar pero ahora no podía pensar en eso.
-Señorita Perla- me pareció oír una voz.
Me sobresalté de tal manera que me puse la mano sobre el corazón como si con eso pudiera detenerlo.
¿Ana? Mi traicionera mente me la estaba jugando sucio otra vez.
Pero aquello no podía ser Ana, aquello era la voz de un hombre.
Y se me congeló el alma acto seguido.
Pero aquello no podía ser Ana, aquello era la voz de un hombre.
Y se me congeló el alma acto seguido.
-¿Quién es?- me tembló la quijada y lo que me salió de la boca fue un susurro.
Y esperaba que nada respondiera, que aquello solo fuera un rastro de mi sueño.
-Soy yo Perla, ábreme-
Me quedé paralizada y ya la puerta de madera, firme y resguardada por un enorme y pesado candado, no me parecía nada segura.
-No sé quién es ni qué hace aqui, en la habitación de una mujer sola ¡Largo! O lo acuso con el Capitán-
-Yo soy el Capitán, Perla ¿Es que no me reconoces, mi amada?-
-De... q...qué habla- mi quijada me bailaba pues no podía controlar el temblor. Mi cuerpo frío se estremecía.
-La amo, mujer. Pero es tan ingenua que no se da cuenta de nada- sonaba la voz incorpórea y el rugir del mar era su música de fondo, y me sentía completamente desprotegida.
-¡Largo!! ¡Usted no es el Capitán!-
-La amo, Marianne-
¡Oh Dios mío, mi nombre!!! ¿Cómo supo mi verdadero nombre??? Es imposible, es imposible.
Entonces la puerta empezó a abrirse, y yo desfallecía. Las piernas ya no me sostenían.
-Marianne ¿de qué temes? Soy yo-
Y vi entrar al hombre alto y elegante, todo de negro, con su casaca y su sombrero.
Ni candados ni puertas podían detenerlo.
Su rostro era demasiado hermoso para ser real, pero sus ojos... Ese tono rojo infernal.
-No...no ¡Largo!!!!-
-Yo sé que tú me amas. Ya basta de negarlo, eres hermosa. Eres una perla y te amo-
Entonces las lágrimas indetenibles, comenzaron a brotar traicioneras de mis ojos. Porque yo deseaba que eso fuera verdad. Lo deseaba.
-No llores, amor- dijo gentil el ser, y sonaba conmovido - No luches más contra ese amor... Ven-
Horror horror, ser infernal. Porque era verdad lo que decía y aquella aparición era demasiado real.
-¡Tú no eres el Capitan! ¡Largo largo largo!-
Y trastabillé al fin y caí al piso, agitándome violentamente, presa del terror.
-Largooo- e instintivamente busqué y me aferré a mi viejo crucifijo, que olvidado seguía entre las ropas con las que había sido secuestraba y siempre estaban allí en la silla.
Y lloraba y gritaba sin parar.
-¡Señorita, señorita!- ahora oí otra voz y alguien me tomaba por los brazos.
Pero yo no sabía más de mí, me estaba desvaneciendo.
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