Era como si hubiera invocado al diablo allí mismo. Pero no me atemorizaba, continuaba como un alud que no tuviera retención:
-Tienes que perdonar, Gabriel, y abandonar esa despiadada cacería que te ha consumido por once años. Por favor, solo escucha...- y entonces buscaba en mi bolsillo para sacar algo que traía para él.
El Capitán estaba perplejo ante lo último que le había dicho. Entonces yo extiendo mi mano, y ligeramente rozo la suya que aguardaba junto a la copa de vino. El Capitán abre su mano para recibir lo que le daba.
-Yo se lo regalo, porque sigo rezando por usted- con ojos ardientes, no podía ocultarle más nada- Y tengo esperanzas-
Era una medalla del Sagrado Corazón, que había guardado desde la visita de los seminaristas portugueses. Solo para él.
-Tenga fe. En verdad lo ayudará-
Gabriel no salía de su desconcierto.
Entonces sentía que no tenía más nada que hacer allí, y me puse de pie, dando la vuelta porque necesitaba huir, porque mis ojos ardían y ya no podría hablar más.
-Marianne- lo escuché llamarme pero no hice caso.
El Capitán se había parado después de mí, y me alcanza a medio recorrido. Y su fuerte mano se posaba sobre mi brazo como si fuera la mano de una doncella.
-Espera, no puedes irte así. Solo... vamos a otro lugar...-
Lo que pasaba era que no quería que me viera llorar ¡No quería! Pero la luz de las antorchas era demasiado traicionera ante un rostro demasiado descubierto.
-¿Por qué lloras?- por supuesto que ese brillo y esa rojez era lo primero que notaba- ¿Fue algo que hice?- y la angustia quebrantó su impertérrito carácter.
-No, no es eso. Solo déjame ir-
Caminé para salir, pero él me seguía.
-¡Marianne!-
Afuera respiré la cálida noche, el aire marino, y mi paso disminuye involuntariamente.
Dejo que él me alcance.
La alta figura entonces se para justo frente a mí, con una mirada profunda y serena.
-No me gusta verte llorar- dijo ante mi persona muda incapaz de hablar. Su mano grande y cruel, era blanda y suave cuando rozaban sus dedos mis mejillas para secar esas lágrimas.
Nunca lo había tenido tan cerca de mí, ni siquiera cuando sostenía su mano en aquel cuarto bajo cubierta. Ahora sentía el olor de sus ropas y el cuero de su bandolera y de su esencia masculina, y no imaginaba lo increíblemente hermoso que era eso.
Y lo que pasó no lo evité, él solo se acerca y besa mis labios húmedos sin que me moviera. Porque él tampoco había planeado eso. Solo era un instinto que no podía ser detenido.
Y no había nadie en aquella calle, solo el rumor de la taberna.
Estremecida de pies a cabeza, sin saber cómo debía actuar; mientras, él seguía allí... Unos labios enmarcados por fina barba, tan suaves que me sorprendían...
Hasta que al fin lo separo evitando que aquello avanzara, y él no se opuso porque estaba más perturbado que yo. Mis manos sobre su fuerte pecho, bajo aquella bandolera de cuero negro, y sin embargo podía sentir su corazón latiendo desbocado igual que el mío.
Pero sabía que había hecho algo enormemente imprudente.
-Lo lamento, me disculpo....- decía con la torpeza más grande que pudiera verle, y toda la arrogancia que pudiera haber en su carácter, era como si nunca hubiera existido.
-Debo irme- evadía por completo a Gabriel, sin embargo cuando intenté irme, unas últimas palabras salieron de mi boca que ardía apasionadamente, al igual que mi rostro:
-Si usted no es capaz de perdonar, no podrá ser amado-
---*---*---*---
Tal vez no lo dije claramente, que en realidad no aceptaría la propuesta del Capitán si él no desistía de su propósito de ser un criminal.
Estaba claro de que solo eran esas barreras lo que impedía que no me hubiera quedado esa noche con él.
Porque estaba completa y definitivamente dispuesta a ser de él.
Para siempre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario