Nota de autor: esta
historia está publicada en Fanfiction hasta el capítulo 9, y la había
pasado a Wattpad solo hasta el capítulo 6. Como hacía más de dos años
que la abandoné, me había olvidado completamente de eso y estaba
escribiendo algo nuevo aquí, pero aquí retomo el capítulo 7 original,
que ahora es el número 8.
Claro que tendrán
algunos ligeros cambios, igual la historia aquí en Wattpad tiene unos
ligeros cambios a la que está en Fanfiction.
Entonces sería a partir del capítulo 10 que en verdad estaría actualmente retomando la historia :)
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Capítulo VIII
El barco parecía no
adentrarse en el mar profundo, la brisa era cálida y el aroma me
indicaba que seguíamos en las aguas del mar Caribe.
El mar calmo parecía una inmensa laguna negra que chispeaba con el reflejo de las estrellas.
Con el tiempo dejaron de
echar cerrojo a mi puerta, tal vez yo estaba logrando engañar a los
piratas haciéndome una mujer incapaz e inofensiva y así se olvidaban de
mí. Pero igual yo no me sentía segura de salir y mucho menos de noche.
Pero esa noche en particular sentí el deseo de contemplar el mar y las
estrellas en popa después de la cena.
Por consideración me
dejaban comer en el castillo de popa y no con el resto de la
tripulación, en las cocinas, bajo cubierta. Fontenay decía que una mujer
sola en un barco era siempre un peligro. Yo a eso respondía que podían
muy bien desembarazarse de ese peligro en cualquier costa.
Me sentía muy
confundida... no sabía si extrañaba el convento como lo hacía antes. Me
habían tranquilizado los días libres, sin amenazas y con la certeza de
que no le interesaba a ninguno de esos hombres.
Ahora que estaba bien y que podía valerme por mí misma ¿Devolverían a Ana a tierra? Me preguntaba si Ana querría irse.
Porque ella tenía la
misma situación que yo, no tenía nada que la esperara en tierra, y la
verdad era que yo la extrañaría si se iba.
---*---*---*---
En medio de la oscuridad
oí unos pesados pasos golpetear la madera. Cualquier cosa podía hacerlo
a uno persignarse de miedo. Un viento frío me causó un escalofrío por
todo el cuerpo... los pasos se acercaban y yo estaba sola.
Giré sobre mis pies con violencia y busqué en la oscuridad lo que fuera que se acercaba. Lo reconocí por el sombrero.
-¿Esperaba ver un fantasma, monjita?- pronunció su grave voz.
Respiré otra vez pero igual de nerviosa.
-El océano de noche parece hechizado- comenté secamente.
-Lo está-
-No creo en esas cosas ¿Usted ha visto algo?-
-Sí- me respondió
dándome la cara y aunque estaba oscuro, un ligero resplandor que emanaba
del mar y de las luces del barco le iluminaron el rostro y lo vi muy
demacrado.
Estaba parado al lado
mío, alto y elegante, con sus ojos clavados en mí y se veía enfermo,
pero igual y con esa palidez y ese cansancio me estremecí por su belleza
y por su forma de mirarme.
-No le he visto más- dejé de mirarlo enseguida.
-He estado enfermo...-
-Oh- de repente sentí una gran compasión, aunque no se la merecía- Sabe, yo he cuidado enfermos. Podría ayudar-
Me observó callado y no supe qué le pasaba.
-Lo decía por si a caso. Ya lo sabe- me encogí de hombros.
Él suspiró, contempló el mar conmigo un rato y me inquietó muchísimo. Pero no era él, era yo. Era lo que estaba sintiendo.
-Estoy haciendo mi
tarea, lo que me encomendaron, Capitán- dije muy obedientemente. Pues si
bien me mostraba sumisa, controlaba mis nervios y ocultaba una fiereza
temeraria que nunca antes había sentido –Lo de llevar nota- tomé aire -
Quiero decirle que...- mi orgullo no me dejaba pero por el bien de mi
vida me convenía comportarme- Fue algo muy noble lo que hizo, eh, lo que
hicieron ustedes-
Él asintió... me inspiraba tanto temor, su porte, su mirada recia... tan dura.
-Usted ha trabajado por los indígenas, señorita- dijo vagamente -Eso lo sé-
-Sí, así es, señor. Es
lo que hago, lo que hacía en el convento. Siempre me he preocupado por
la gente de mi país, toda la gente- divagué un momento en recuerdos
dolorosos - Y es... muy triste lo que está pasando, demasiado triste-
El Capitán Pirata sonrió sorpresivamente y aquello que hizo saltar el corazón ¡Oh Dios! ¿Qué me pasaba?
Era el hechizo del
Caribe, ese calor, esa brisa marina, ese encanto del agua azul y las
noches estrelladas... Estaba siendo atacada por sentimientos pecaminosos
por un extraño al que debía odiar.
Era lo último que quería en esta vida.
La tentación nunca me
había debilitado pero ahí estaba en esa situación extraordinaria a la
que había sido arrastrada, y esas tentaciones por primera vez empezaban a
agobiarme.
Pero sería fuerte, estaba ante un demonio, un demonio de verdad y los demonios era seductores.
Pero sería fuerte, estaba ante un demonio, un demonio de verdad y los demonios era seductores.
-Usted es muy diferente-
el Capitán se me acercó como si tuviera el poder de adivinar lo que
sentía. No soportaba sus atrevimientos -¡Vaya señorita la que me
encontré!- otra vez le notaba ese tonito.
Su presencia era
imponente, podía sentir el olor de su ropa. Un noble, sin duda, un
hombre fino que no era un bandido de naturaleza. ¡Pero esa mirada! ¡Esos
ojos terribles! ¿Por qué eran así? ¿De dónde había salido? ¿Por qué se
había convertido en eso?
Me alejé de él incómoda y él se rió.
-Creo que ya me retiro- dije secamente.
-No se irá todavía- dijo y me saltó el corazón. Y estaba harta de sentirme así, no lo soportaba.
-Estoy cansada... ¿Por qué no habría de retirarme? A estas horas no debía de estar aquí-
-No se irá porque yo lo ordeno-
Le clavé los ojos con reproche. Mis labios temblaron como queriendo responderle a eso, pero no salió sonido de mi boca.
El Capitán Pirata se me
acercó demasiado, endemoniada noche ¡Se acercaba demasiado! Aquello
tenía que ser irreal, su rostro contra el mío, como buscando presentir
mi aroma ¿Qué me haría aquel demonio? Mi crucifijo debía protegerme, le
rogué a Dios.
-Usted es mía, ya se lo dije. Si yo quiero la hago mía cuando se me antoje- me susurró.
Terrible demonio, la ira golpeaba mis ojos con lágrimas ardientes. Hombre maldito.
Pero sus palabras amenazantes no concordaban con sus intensiones. No hacía nada.
Como una tonta me sentía ante sus burlas y sus juegos.
-¿Por qué no saca su espada y me asesina de una vez?- solté con la rabia contenida.
No respondió.
No respondió.
¿Por qué aquel hombre
era tan contradictorio? Yo no era nada para él, era la mujer una muñeca,
un cuerpo para el placer sin alma
- A hombres como usted
no les basta la miles de prostitutas que tienen en cada puerto- mi ira
me hacía soltarle todo en la cara con la esperanza de que eso lo hiciera
sacar la espada -No le importa nada... no le importa lo sucio y
asqueroso que puede ser- le soltaba todo lo que yo pensaba de los
hombres, porque me gustaba, pero él mismo hacía que ese gusto se
volviera odio -Para usted no soy más que un pedazo de carne, y no sé
cómo pueden vivir... cuando un pedazo de carne que usan a su antojo fue
la que le dio la vida. Lo peor para una madre es parir hombres como
usted-
Creí que la rabia que
despertaría en él lo haría matarme allí mismo, hombre fiero y terrible,
pero el Capitán Pirata se quedaba parado con mirada perpleja,
desconcertándome aún más.
Le volteé la cara y
enfrenté el mar pues seguía la idea en mi cabeza de querer lanzarme a
esas aguas y ser devorada por tiburones antes de que pensara en hacerme
algo.
-Debe estar cansado de
que se le regalen, porque la mayoría de las mujeres prefieren rendirse
ante ustedes que soportar la discriminación o que las tomen a la
fuerza...Pero yo no- volteé y le clavé los ojos con odio -Me dan miedo,
me repugnan, por eso me metí en mi convento-
Entonces el viento trajo
consigo sonidos de ultratumba, unos extraños sonidos que venían de las
aguas negras, y que hicieron que mis piernas flaquearan...
-Vaya al camarote,
señorita- el Capitán cambió de tono, se puso alerta y cambió
completamente como si nada hubiera pasado. Y ya no jugaba, ahora estaba
muy serio- ¡Vaya y cierre la puerta!-
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