Él era un conocido
pirata, lo llamaban "El capitán pirata" pues nadie sabía quién era, ni
su nombre, ni su nacionalidad. Aterrorizaba todo el Caribe en su
siniestra carabela llamada "El Venganza Negra "
Todo el mundo le tenía miedo tan sólo a aquel nombre.
En el convento donde yo
vivía, en el viejo y olvidado pueblo de San Isidro, ya no me sentía a
salvo. Los cuentos sobre la maldad de ese hombre y su tripulación
endemoniada eran interminables y decían que ni los conventos se
salvaban.
Mi decisión de irme allí fue precisamente para estar a salvo de un mundo cruel con las mujeres, pero las tierras Americanas eran salvajes y estaban llenas de toda clase de peligros así que ni siquiera un convento era salvación.
Mi decisión de irme allí fue precisamente para estar a salvo de un mundo cruel con las mujeres, pero las tierras Americanas eran salvajes y estaban llenas de toda clase de peligros así que ni siquiera un convento era salvación.
Mi labor era ayudar a
los indígenas, y entre ellos había encontrado amistad y amor. Pero los
Españoles estaban exterminándolos y nada podíamos hacer... Decían que un
Revolucionario llamado Bolívar luchaba por los derechos de los pueblos
Americanos e indígenas así que las esperanzas de Venezuela y toda Latino
América yacían en él y esa revolución.
Ante todo esto yo decía
que sólo Dios tenía la última palabra en nuestros destinos y aún no veía
cuál era el destino que tenía deparado para mí.
Lo averiguaría pronto.
---*---*---*---
El domingo de Ramos de
aquel año salí al mercado como siempre, pero el destino me jugó una muy
mala pasada puesto que, en medio de terribles estruendos de cañones,
todos nos vimos atrapados por un sorpresivo asalto pirata. No pude
escapar, siempre pensé que era muy fácil hacerse la valiente ante los
villanos pero cuán equivocada estaba, me atraparon junto con un grupo de
gente sin oportunidad alguna ¿Qué harían con nosotros? ¿Para qué nos
querían? Sin embargo y a pesar de todo mi miedo, yo sentí una naciente
fortaleza de supervivencia que no había experimentado antes, y supe que
me enfrentaría a muerte antes de permitir que me hicieran algo.
Había mucha rabia dentro
de mí y todo eso salió como un torrente de energía indetenible ante
aquel primer estímulo, y aquellos miserables hombres fueron ése primer y
buen estímulo.
Estaba dispuesta a matar o morir.
Los piratas se
apresuraron a llevarnos fuera de la ciudad y no saquearon más según
pudimos ver nosotros los desafortunados. Obviamente los hombres temían
que la guardia real llegara y les diera batalla, pues el rey de España
le tenía la guerra declarada a todos los piratas del Caribe.
Sí, parecían tener miedo de algo, o tal vez eran ideas mías el ver eso en los rostros de unos villanos bárbaros y bestiales.
Yo ya era una mujer que
no tenía nada qué temer ni nada qué perder en esta vida. De hecho, si no
fuera mujer, me habría unido a los piratas hacía tiempo y de noche
siempre soñaba con irme de aquel puerto en un barco pirata y que, siendo
un forajido, hiciera justicia con mis propias manos.
Aterrorizada me
preguntaba si el hombre llamado Capitán Pirata era el responsable de
aquel saqueo al puerto ¿Estaría él entre aquellos piratas? Nadie lo
sabía, nadie lo había visto nunca, no tenía rostro al igual que tampoco
tenía nombre.
Decían que se dedicaba a saquear pueblos, violar mujeres y matar niños.
Yo ya me había resignado a que me enfrentaría a tal cosa...
---*---*---*---
Al llegar a la playa lo
vi... el gran barco pirata llamado "El Venganza Negra" estaba allá en el
horizonte, negro y terrible, y la sangre se me congeló, estaba en shock
y una parte de mí se resistía a aceptar el peligro en el que me
encontraba. Recé pues era el momento de rogarle a Dios por toda su
protección pues lo que aquel barco negro albergaba era la tortura y la
muerte.
Los piratas nos
alinearon en la orilla y creí que las mujeres tendríamos la peor parte.
Éramos sólo tres, mucho peor para mí, pero sorpresivamente no veía
ningún indicio de que estuvieran interesados en nosotras, aquellos
miserables agarraron a un hombre en específico que yo no sabía quién
era, y a él se lo llevaron mientras que a nosotros nos amordazaron y
maniataron.
-Mándele un mensaje a su
querido alcalde, señor esbirro- le graznó al hombre el más viejo y
curtido de los piratas- Si no abandonan el pueblo de San Isidro, mi
Capitán no les dejará en pie país qué gobernar-
Mi mente estaba
demasiado aturdida y nerviosa como para indagar en lo que ocurría, sólo
sabía que nosotros éramos rehenes y que los piratas nos llevarían a las
entrañas de aquella horrible y mortífera nave hasta que al gobierno
Español le diera la gana de cumplir los mandatos del Capitán. Y tan sólo
éramos simples criollos, así que no se apurarían mucho.
Venezuela era azotada
por todos lados: por los Españoles por un lado, por los Revolucionarios
por otro y los piratas por donde había espacio. Era el pueblo el que no
tenía salvación.
Estuvimos allí parados
sobre las blancas arenas un buen rato, acorralados mientras los
invasores tenían todavía gente saqueando la ciudad, y las ideas de un
terrible destino no escapaban de mi mente. Fueron los peores momentos de
mi vida... Pero lucharía hasta morir antes de que me tocaran esos
inmundos pues tenía un cuchillo bien guardado en mi ropa y nadie se
imaginaba eso de una mujer.
---*---*---*---
La noche no tardó en
caer y el fin llegó a nuestros corazones: bajo la luna se vislumbraba
una caleta que se acercaba trayendo una alta figura envuelta en misterio
y temor, y todos en la playa hicieron un silencio tal que parecía que
el diablo mismo se había aparecido. Alguien muy importante había salido
del barco y venía a nosotros.
La figura alta y negra
saltó a tierra y yo no podía ver quién era debido a la oscuridad y al
miedo de que reparara en mí. Yo no era joven ni bonita y esperaba que
eso me salvara de algo espantoso.
Nadie habló, el hombre
de negro recorrió la fila de rehenes intimidándome mucho cuando cruzó
frente a mí y lo supe como por inspiración del infierno: Sí, era el
capitán, y era él ¡Era el Capitán Pirata!
Nunca percibí antes cuán
terrible podría llegar a ser el paradisíaco Caribe, otrora tierra
mágica de mar azul y palmeras. También era tierra sangrienta.
-Esta gente estaba en el
mercado, mi capitán- uno de los piratas se acerca al Capitán con
sumisión. Ante él aquellos villanos eran unos simples súbditos.
El Capitán no dijo nada,
se paseaba delante de nosotros los rehenes impávido y yo no podía verle
la cara por la oscuridad y por el gran sombrero que llevaba y le tapaba
medio rostro.
-¿Dónde está el esbirro?- habló al fin y su voz era gruesa y profunda.
Los piratas volvieron a
ignorarnos a nosotras las mujeres y se enfocaron otra vez en el hombre
que tenían sometido. No podía entender nada de lo que decía pero sólo
rogaba a Dios que nos dejaran ir.
Para sorpresa mía vemos
que al hombre lo dejan ir después de intercambiar unas palabras... y
¡También a nosotros! Un rayo de luz iluminó mi alma: estaban liberando a
la gente y no nos habían hecho nada. Liberaron a mis dos compañeras
que, histéricas, corrieron sin rumbo. Pero luego algo pasó...
No liberaron a más nadie, no me liberaron a mí.
El Capitán regresó a
donde estaba yo y mi corazón se heló pues sentí que estaba perdida, y
entonces un rayo de luz de luna le iluminó el rostro al fin y pude ver
al hombre que llenaba de mitos y leyendas los pueblos del Caribe. Tal
vez fue mi crucifijo lo que hizo que el Capitán Pirata se detuviera a
observarme solamente a mí: el hombre de mar en realidad era joven, con
una poblada barba y delineado bigote, pero joven, de facciones finas y
gesto amable. Tenía unos hermosísimos ojos claros que parecían del color
de la luna.
-¿Qué hacemos con ella,
señor?- preguntó tímidamente el viejo pirata que siempre iba detrás de
él. Todos claramente extrañados de la atención del Capitán hacia esa
mujer en específico.
-La llevaremos a la galera- ordenó con su profunda voz, taimada y siniestra, y no dijo más. Los hombres obedecieron enseguida.
-Por favor- estallé yo
de miedo sin poder contener mi ruego -Por favor, señor, estoy muy
enferma ¿De qué le puede servir una vieja mujer como yo?- y casi lloraba
de desesperación.
-¿Temes que te hagamos
algo, mujer?- dijo él sorpresivamente con una sonrisa y los ojos
clavados en mí -Después de todo nosotros descuartizamos gente, matamos,
saqueamos, violamos mujeres y matamos niños ¿No es así?-
Una furia incontrolable
se apoderó de mí y no tuve más miedo. Si se atrevía a tocarme lo
mataría. Pero esperaría a que el muy miserable me llevara a su camarote
haciéndome la sumisa y allí a solas sacaría mi cuchillo y... Oh Dios
¿Podía ver el Capitán las terribles intensiones en mis ojos?
-Estoy muy enferma- me
empecé a sentir muy mal ante la idea de ir a aquel barco horrible. Pero
no entendía a aquellos piratas, ya no se comportaban como piratas y me
daba la impresión ahora de que sus intensiones eran más políticas que
vandálicas.
No pude hacer nada, al
poco rato me arrastraron al esquife y me llevaron al barco, y tenía la
impresión de que moriría de todas maneras antes de que pudieran hacerme
algo pues era como si me entregaran a las fauces de una enorme bestia.
Cuando me subieron a
cubierta toda maniatada e indefensa, ya no veía casi nada y estaba casi
desmayada que no me sostenía en pie.
-¿Qué le pasa?- oí la recia voz del Capitán.
-¡No lo sé, Capitán, nadie le hizo nada!- se excusaba otra voz con temor.
Cuando los hombres se me acercaron comecé a vomitar y caí al suelo.
No supe mucho más de mí,
sentí que me llevaron a un sitio y me acostaron en una suave cama, pero
no supe más. Me encerraron bajo llave y la oscuridad fue total.
---*---*---*---
Cuando abrí los ojos ya
era de día y el ir y venir del barco ya no me era tan insoportable. La
crisis me había pasado...sábanas suaves y perfumadas... un amplio y muy
cómodo camarote se presentaba ante mis ojos: finas cortinas,
antigüedades, hermosos muebles y cuadros en la pared. Allí estaba yo en
un lugar hermoso pero prisionera de un destino terrible.
Lloré y lloré como nunca
y luego corrí desesperada a corroborar que la puerta estaba cerrada y
traté de mover unos muebles para bloquearla más todavía pero los muebles
estaban pegados al piso.
Más allá de las cortinas
estaban las ventanas, me asomé y el viento marino refrescó mi alma
atormentada. Tal vez estaba ya enloqueciendo pero fue mágico, casi un
sueño hermoso.
Estaba lejos, muy lejos de la costa ya, mi vida había quedado atrás por completo... para bien o para mal.
Ahora sólo me tenía mí
misma y la reacción física que tuve anoche había pasado un poco y me
sentía más fuerte. Observaba el mar con nostalgia, sin embargo una llama
de furia se encendió en mi corazón y palpé mi cuchillo escondido entre
mis ropas.
Pero aquellos piratas...
aquellos hombres de mar tenían un propósito desconocido. Su estilo de
vida era romper con todas las normas y leyes, sí, pero había algo más.
Un misterio.
No lo sabía, y tal vez
nunca lo podría saber, y ahora estaba allí en la oscuridad y el
desconcierto, y el tiempo pasaba y yo sólo esperaba mi condena.
Dormía inquietamente
llena de miedo... hasta que, no sé cuándo, el mismo día tal vez el otro,
un golpe en la puerta me sobresalta de tal manera que casi me caigo de
la cama.
Otra vez el golpe en la puerta: ésta no me protegería más, ellos tenían la llave.
Llegó mi hora de luchar y debía tener fuerzas...
-Abra señorita- era una voz de mujer y mi alma confundida se tranquilizó -Entraré de todas formas-
La puerta se abrió y yo corrí para encerrarme en el baño.
Una mujer un poco mayor
que yo entró tranquilamente al camarote, escoltada por dos piratas, con
una bandeja de comida que colocó sobre la mesa. Todos vieron que estaba
enferma y que me había escondido en el baño. La mujer habló:
-Señores, esto es cosa
de mujeres. Yo debo encargarme, para eso me trajeron- dijo con sequedad y
los dos piratas obedecieron sin chistar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario