La noche después de la
visita del Capitán Pirata, escuché unos gritos horribles que venían de
alguna parte del barco. Ya no eran más espíritus ni fantasmas, era un
hombre muy real, un hombre que gritaba atormentado por algo, y había
agitación, oía pasos de gente que iba y venía.
Al día siguiente pregunté sobre eso a la mujer, apenas llegó con el desayuno.
Asustada, ella casi que quería hablarme al oído:
-No lo sé, señorita, yo
también lo oí. Estaba en mi cuarto, donde ellos me alojaron, un lugar
bastante privado, por cierto, y los hombres iban a la cocina buscando
algo y los escuché hablar. Yo creo...- la mujer tenía mucho miedo de
hablar lo que creía, me hablaba en voz muy baja- creo que era el
Capitán. Sí, creo que debe estar enfermo. Pero no diga nada, por favor-
Eso me dijo y luego callamos.
Pobre hombre ¿Qué se
puede ganar teniendo una vida así? Se tiene dinero, pero para qué si se
vive con angustia, con pesos de conciencia, con la ley a cuestas,
siempre desterrado, huyendo. Todos esos hombres eran unos miserables que
daban pena. Las vidas que habían quitado estaban ahora en paz en cambio
ellos vivían en un infierno, porque el que vive con maldad, vive en un
infierno.
No importa los lujos, las mujeres, el dinero, yo en mi celda del convento me daba cuenta de lo feliz que era, me daba cuenta de eso viendo a los demás que vivían en el mundo con sus vidas desastrosas porque simplemente no podían controlar sus pasiones, en cambio yo, que todos decían estaba en un "prisión lejos de los placeres del mundo", estaba completamente libre de todo peso en el alma.
No importa los lujos, las mujeres, el dinero, yo en mi celda del convento me daba cuenta de lo feliz que era, me daba cuenta de eso viendo a los demás que vivían en el mundo con sus vidas desastrosas porque simplemente no podían controlar sus pasiones, en cambio yo, que todos decían estaba en un "prisión lejos de los placeres del mundo", estaba completamente libre de todo peso en el alma.
Aquel barco era el único
mundo que podían tener esos piratas, porque afuera en tierra los
esperaba a todos la cárcel y la muerte.
Sí, casi toda la
humanidad daba una profunda pena; los criminales y las prostitutas no
era las únicas personas que vivían en un mundo oscuro y triste con una
vida condenada, en realidad era todo el mundo, los que estafaban, los
que engañaban con mentiras, los que destruían familias, los que
escalaban posiciones a costa de pisar a los demás, los que esclavizaban a
otros seres humanos, los que tenían dobles vidas, y todo eso bajo la
excusa de "hacerlo para ser feliz".
Y todos aquellos que cargaban en su conciencia el sufrimiento causado a otros. Nada sabían en realidad de felicidad.
Ahora me daba cuenta de lo bendecida que estaba yo.
-¿Cómo te llamas?- al fin se me ocurrió preguntarle a la mujer.
-Ana- dijo ella con una sonrisa.
-¿Y eres de Maracaibo?-
-Sí señorita-
-Y ¿Tienes familia?-
-Tenía. Pero mi esposo
murió, era soldado de la revolución, y a mi hijo también me lo arrebató
la revolución. Los Españoles los mataron, señorita. Es extraño, pero fue
lo primero que me preguntó el Capitán cuando me trajo aquí para
contratarme. No sé para qué necesitaba saber eso-
Admiré la fortaleza de aquella mujer, con una familia muerta y ella contaba todo eso con mucha naturalidad.
-¿Y estás bien aquí en verdad?-
-Señorita... aquí me
tratan mejor a cómo me trataban en las casas de los señores Españoles
donde trabajaba antes... y me pagan mucho dinero- respondió con algo de
vergüenza por admitir eso y luego se despidió y se fue.
---*---*---*---
A media tarde volvió a
aparecer, pero esta vez Ana no me traía nada, sino que vino a decirme
que me vistiera porque los piratas querían que yo saliera y cenara con
ellos...
Me negué rotundamente pero Ana me advirtió que si no iba por mi cuenta, ellos vendrían a buscarme y me llevarían a la fuerza.
No me quedaba otra opción.
---*---*---*---
El tiempo transcurrió
lentísimo desde ese momento, y no hice grandes arreglos en mí, nada más
tenía puesto el vestido amarillo que me habían dado y sentada en la cama
con la mirada fija en la puerta esperé ese momento crucial en que
vendrían a buscarme.
Dos piratas se
presentaron en mi puerta y accedí acompañarlos sin poner resistencia. La
verdad no sé para qué me encerraban, no había escapatoria de ese barco
(que en realidad era un galeón, negro y de velas negras) a no ser que me
lanzara por la borda al mar profundo, frío y agitado para morir
ahogada. De hecho, eso lo podía hacer directamente desde el camarote,
lanzarme por la ventana al mar.
Sentí ese deseo el primer día de mi cautiverio pero por alguna razón me resistí.
Tal vez me vería
obligada a hacerlo tarde o temprano, pero esperaría estar cerca de
alguna isla o de alguna costa. Me lanzaría al mar para escapar del
Venganza Negra, así muriera ahogada.
Mi camarote, el camarote
del Capitán Pirata, era la única parte del barco que era bonita y
lujosa... el resto era oscuro y horrible, y los hombres que me miraban
al pasar eran horribles, unas bestias que consideraba capaces de
cualquier acto atroz.
¿Cuánta gente había
muerto allí? ¿Cuántas atrocidades habían presenciado aquellas maderas y
mástiles envejecidos? Eso se sentía en el aire y me horrorizaba. Otra
vez consideré la opción de lanzarme al mar para huir de eso.
Los piratas me llevaron
al castillo de popa y no vi a Ana por ninguna parte, lo que empeoraba mi
nerviosismo. Al parecer iba a "cenar" con el Capitán pero no con su
tripulación pues los hombres comían en la cocina, seguramente igual que
Ana.
Allá arriba contra la
luna, sobre el mástil más alto ondeaba la inmensa bandera pirata, negra y
terrible, y mis entrañas se congelaron.
---*---*---*---
-Señora Perla, pase- el
viejo pirata que vi en la costa cuando me raptaron me recibía ahora en
el castillo de popa. Y ya estaba bastante molesta con esa familiaridad
de llamarme Perla. Odiaba ese nombre que se inventó mi secuestrador.
El Capitán estaba
sentado en la cabecera de una mesa rectangular y grande como para seis
personas. Había allí cinco hombres en total, y de los más viejos de la
tripulación. Parecía que era el círculo de confianza del Capitán.
El pirata me llevó hacia
la cabecera de la mesa y me sentaría al lado derecho del Capitán que
esperaba mi llegada con una sonrisa. Sin duda estaba mucho más cansado y
pálido que ayer y recordé lo que me había dicho Ana.
De mala gana me senté pues no me gustaba nada el hecho de que me sentaran al lado del Capitán.
-Señora- me saludó el
Capitán con una reverencia- Estos son el señor Fontenay el señor
Clifford, Rodolfo De Las Casas y mi lugarteniente que ya conoces, Jack
Morgan-
Yo saludé secamente a
los hombres que me observaban con curiosidad. No dije nada, me quedé
allí cohibida. Me molestaban las sonrisas del hombre de negro, no sé qué
se creía. Tenía una malísima impresión de que me veía como si fuera yo
su mujer.
De hecho durante la cena
el Capitán se tomaba demasiada confianza conmigo, incluso llegaba a
acercar su mano a la mía. Estaba muy incómoda.
-Perla, no has dicho ni una palabra ¿Te gusta la cena?- al fin habló.
-No entiendo por qué
tanta familiaridad, señor. No entiendo qué hago yo aquí y por qué me
llama "Perla" así. No soy una mascota, soy una prisionera-
-Quiere saber qué hace
aquí con nosotros la señorita- alzó la voz el Capitán Pirata y los
cuatro hombres se rieron. No soportaba eso, ser como un monito de circo
con el que se divertían.
Tomó un trago de vino de su copa y lo saboreó con gusto, luego dirigió sus ojos grises otra vez hacia mí, para intimidarme.
-Pero si usted misma me
lo dijo ayer. Es muy perceptiva, está aquí para ser mi compañera ¿Le
parece bien? La quiero de mujer para eso la traje conmigo- me dijo y yo
me horroricé, los labios me temblaban y una furia me corría por las
venas como la sangre -Usted es mía, señorita Perla-
Era otro hombre ahora,
muy diferente al caballero que me atendió ayer y me dijo que no tenía
por qué temer nada. Ahora estaba allí con eso, y aquellos hombres se
reían, el Capitán se reía como si eso que me decía era una burla. Yo era
fuerte, ya no era una chiquilla, y si no fuera por eso hubieran logrado
humillarme y hacerme llorar, pero no lo lograrían.
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